La pérdida de las esencias cristianas de España fuerza a buscar una nueva identidad… y no se encuentra. Por eso se refugian en la economía, pero en la economía financista. PSOE y PP: progres de izquierdas y progres de derechas. Y el Rey renuncia a su papel integrador. Sin recristianización no habrá regeneración de España. Hispanoamérica sigue mirando a la madre patria, pero no le damos buen ejemplo. Los empresarios se apuntan a cambiar las fiestas al lunes. Otro problema: la disolución del ejército español

El 12 de octubre es la fiesta nacional de España, la fiesta de la Hispanidad y la festividad de la Virgen del Pilar. Y, de paso, la Fiesta de las Fuerzas Armadas. En muchas parroquias madrileñas, desde la tarde del antes 11, y aunque el 12 no es fiesta de precepto, se ha honrado a la patrona de España y de la Hispanidad. Que no se me enfaden los mexicanos, ese pueblo que vive bajo el manto guadalupano, pero la advocación mariana del Pilar de Zaragoza también ejerce el patronazgo de esa raza mestiza llamada hispana que engloba la mayor concentración de católicos del mundo.

En Argentina, la fiesta de la Hispanidad se ha mini-celebrado el lunes 10. También en Reino Nido los festivos se pasan a los lunes, para evitar puentes. Y en España nuestros nunca bien loados empresarios de la CEOE se han propuesto imitarles. Se trata de mejorar la productividad y evitar los puentes. Valiente tontuna: si se quieren evitar los acueductos entre domingo y martes o entre jueves y sábado, lo que hay que proponer es trabajar los lunes y los viernes. Con el traslado de festividades al lunes no se mejora la productividad pero se marginan celebraciones que recuerdan el esfuerzo colectivo de una sociedad, al tiempo que se emborrona su historia, es decir, su identidad. Un buen ejemplo lo tenemos este año: el 12 de octubre cae en miércoles porque fue el 12 de octubre cuando Colón descubrió América, no el 10 ni el 14. Cambiarlo supondría minusvalorar una jornada que conmemora lo mejor que ha hecho España: la evangelización y civilización de América. O sea, su memoria histórica.

Y no es cierto, a pesar del eco del indigenismo iberoamericano en alza (lo de Latinoamérica no es más que una tontuna introducida por Napoleón III tras su conquista de México) que Hispanoamérica se haya olvidado de España. Antes al contrario, en la América de habla española o portuguesa se sigue mirando hacia la madre patria como el referente. Tanto es así, que los gobiernos hispanoamericanos imitan a Madrid tanto como al poderoso Washington. Dada nuestra historia reciente, yo les aconsejaría que no lo hicieran porque lo que importan de la madre patria es aborto, ideología de género y otras tristezas, pero esa es otra cuestión. Desgraciadamente, los españoles de hoy somos culpables, no sólo de esas exportaciones sino de la cada vez mayor influencia del estilo de vida norteamericano. Un detalle: la fiesta de los Reyes Magos está siendo sustituida por horterada de Papá Noel en muchos países hermanos.

Otra imitación hispana del mundo anglosajón, no menos peligrosa: la economía financista, o poder omnímodo de los mercados financieros, es decir de la especulación financiera norteamericana. En esto no nos imiten, por favor, porque España se rige ahora por la especulación rampante y el apalancamiento obsesivo, es decir, el endeudamiento excesivo del erario público, de los bancos, de las empresas y de las familias, que nos ha llevado a ser el país con más paro de todo Occidente: 21,2%, el doble de la media europea y de la media de la OCDE. En la economía financista no existe la propiedad privada, convertida en propiedad financiera, siempre fiduciaria. Y, sobre todo, no existe atisbo de justicia social. Hoy, España es un país de impuestos altos, vivienda inasequible y salarios bajos.

Volvamos a España. No hay patriotismo ni en el PSOE saliente ni en el PP entrante. Pues ambos se rigen por la economía financista y ambos se han olvidado del patriotismo, esa virtud elemental de la que hablaba Chesterton, imprescindible para salir de la crisis. En la España actual el mero término patriotismo se considera propio de la ultraderecha, un extremismo del que no quieren oír hablar ni Rodríguez Zapatero, ni Alfredo Rubalcaba, ni Mariano Rajoy.

Y es que para ser patriota hay que ser patriota de algo, hay que creer  en la esencias del país. ¿Cuál es la esencia de la patria española? Evidentemente, el cristianismo: España no se entiende sin su fe cristiana, que es su origen y su elemento constituyente como lo es la harina del pan.    

Yo espero que un socialista o un liberal –en cuanto credos filosóficos ambos incompatibles con el cristianismo, lo sé, pero no en sus manifestaciones prácticas- respeten la esencia cristiana de España aunque traten de modificarlos. Pero no espero ese respeto ni de los progres de izquierdas ni de los progres de derechas. Entre otras cosas porque el progresismo no es de izquierdas ni de derechas: es la nada. Y resulta que tanto el PSOE como el PP se enorgullecen de su progresía, es decir que no creen en nada salvo en alcanzar el poder. La política y la vida social españolas se han convertido en un "sálvese quien pueda". Y con esos mimbres no se puede crear un proyecto colectivo. Sin recristianización –que no significa que la gente acuda a misa- no puede haber regeneración de España, tan sólo lucha por el poder e intento de perpetuarse en el mismo. En política eso es lo que conocemos con el nombre de corrupción.

Y que conste que no me siento especialmente patriota. No me molestan las comunidades autónomas ni los sentires regionales, salvo cuando degeneran en romanticismo nacionalista, ese romanticismo tan poco coherente que no es pro-nada y sí anti-todo. Es más, existe un peligro, aunque mínimo en la España de hoy de que esa necesaria identificación entre patriotismo y cristianismo termine en la utilización de La religión como factor de unidad de España. Y como Cristo no se deja utilizar como medio ni tan siquiera para objetivos loables, resulta que esta tendencia puede terminar en una deificación de la nación española, que es la mejor definición que conozco del fascismo. No, primero recristianizar: luego el patriotismo español resurgirá de suyo, como apellido de la esencia cristiana. No al revés.

Sí, el PSOEE no es de izquierdas, sólo es progre; el Partido Popular no es derechas, sólo es progre. De ahí sus titubeos, sus intentos, entre cómicos y trágicos, de buscar diferencias en cuestiones secundarias, para poder ofrecer a los electores un espejismo de alternativas entre las cuales elegir. Así no es posible la regeneración española y así pervertimos la democracia.

Llegados a este punto, que no es de desintegración nacional sino de algo mucho peor, de desesperanza, uno pensaría que la Monarquía, concreción de la España histórica, debería haber dado un paso al frente en ese necesario renacer del patriotismo español y de sus esencias cristianas. No lo ha hecho. La dinastía borbónica atraviesa hoy la misma crisis de identidad, y hasta de ideas, que paraliza a los dos grandes partidos. E idéntica división eu entre el PSOE y el PP, una división ficticia, se vive entre SM el Rey y el Príncipe heredero, enfrentados por causas menores. En el caso de la Casa Real española, la división ha devenido por SAR, la Princesa de Asturias, doña Letizia Ortiz.

Luego está el problema del Ejército. El más grave aldabonazo a nuestras Fuerzas Armadas no llegó desde el bando socialista sino desde la tribuna conservadora. Ocurrió cuando José María Aznar suprimió la mili obligatoria, la conscripción, y profesionalizó el Ejército, El problema es que la milicia no es una profesión, sino una vocación. La conscripción puede tener todos los fallos que se quieran pero imbuía en las generaciones de jóvenes españoles la idea de que tenían la obligación de devolver a la sociedad algo de lo que la sociedad le había dado. Una idea clave.

Otro ejemplo del fin del Ejército es la publicidad institucional del Gobierno Zapatero sobre la parada militar del 12 de octubre, celebrada en Madrid. El Ministerio de Defensa, con la socialista Carme Chacón al frente, una mujer que ni cree en España ni en el Ejército, ha lanzado como protagonistas del Día de las Fuerzas Armadas a la Unidad Militar de Emergencias (UME), una división creada por el Zapaterismo que viene a ser como un ONG armada o, si lo prefieren, un cuerpo de bomberos militar. Eso y, cómo no, el gran logro de la civilización del Ejército. Pero al Ejército no hay que civilizarlo porque no es civil.

La campaña se completaba con ideología de género: la presencia de las mujeres en el Ejército, algo que ya tiene demasiada historia como para venderlo como novedad y como logro. En el entretanto, nuestros soldados en zonas de conflicto, como Afganistán, continúan escasos de medio y con órdenes de no defenderse hasta que sean atacados y, aún entonces, según y cómo.

Si a ello le unen la promoción de mandos militares afines a la progresía imperante, el círculo se cierra.

Y todo este declinar del patriotismo español ¿tiene algún efecto sobre la economía? Por supuesto que sí. Cuando cada uno hace la guerra –en ningún día mejor dicho- por su cuenta la guerra por la competitividad en un mundo global se convierte en guerra civil. Las divisiones internas, la ausencia de patriotismo, provocan que, aún siguiendo todas las fuerzas políticas las mismas directrices económicas financistas   -no olvidemos que la economía española es una economía intervenida-, directrices concretadas en la frase de moda, "tranquilizar a los mercados", el guerracivilismo español, el odiar más al vecino que al foráneo, provoca que el país se esté convirtiendo en un páramo industrial, donde la generación de jóvenes mejor formada –onerosamente formada- de todas tenga que emigrar al exterior en busca de trabajo.

La crisis es global, afecta a todo Occidente, pero sólo en España provoca el doble de paro que en los países de nuestro entorno.

Abramos un debate, como dicen los políticos cuando se topan con un problema para el que no encuentran solución- sobre el patriotismo español. No es mal día para hacerlo, aunque estemos en campaña electoral, la más larga de toda la democracia.

Eulogio López

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