Holanda y Bélgica son pequeños países europeos que, al parecer, necesitan llamar la atención. Por eso, en Bélgica quieren imponer la eutanasia infantil. Perdón, la muerte inducida. Y tan inducida, como que provoca eso, la muerte.

En la eutanasia, como en el aborto, entreabrir la puerta al homicidio siempre es el comienzo para abrirla del todo. Se empieza a pedir el aborto en cuando existe grave peligro para la vida de la madre (lo que no es cierto), luego se exige el aborto cuando existe peligro para la salud psíquica (el gran coladero para desaprensivas) y se acaba pidiendo que se mate en el seno materno a los malformados (o no malformados, como se ha viso en muchos casos) o por violación.

A continuación se exige una ley de plazos, aborto libre y gratuito sin excusa alguna (razones nunca existen). Finalmente, se entroniza el derecho al aborto, es decir, el derecho a matar al más incoherente y al más indefenso. Y eso lo hacen nuestras fuerzas políticas parlamentarias, unas con más crueldad que otras, pero todas promocionan el aborto.  

Con la eutanasia igual. Se empieza afirmando que si alguien desea morir porque sufre dolores insoportables debe obligarse a los sanitarios a matarle sin dolor (lo que no está claro que suceda). Luego se generaliza el asunto y se exige que cualquiera que quiera morir hay que obligar a un tercero apara que le mate bien y rápido. Es decir, que no hay suicidio sino suicidio asistido y financiado. Más tarde se nos dice que a lo mejor él no sabe si quería morir, y será un tercero, al mejor el heredero, que no quiere cargar con un enfermo, quien decida sobre la muerte de otro. En el entretanto, les ofrecemos sedaciones letales. Ya saben a qué me refiero.

Finalmente (¿finalmente) estamos ante la posibilidad de matar a niños que, por naturaleza, no saben lo que desean y ven la vida a través de sus padres, y entonces otorgarnos a padres y familiares la decisión de matar a su hijo porque no soportan vele sufrir. Y a todo esto, le llamamos progresismo, aunque no deja de parecerse a la "solución final" de don Heinrich Himmler -uno de nuestros más insultados pero imitados ciudadanos- o de los técnicos comunistas de Mao Zedong y los comunistas.

¿Dónde está el límite Pues como en toda degeneración el único límite es la desaparición del género humano.  Como somos muchos millones, en el entretanto no hay límite. De la misma manera que la homosexualidad acabe en pederastia e incesto, el aborto termina en el homicidio permitido, en el enaltecimiento del suicidio y, en genérico, en una repugnancia instintiva hacia la debilidad. Esta es la calve: que el débil nos estorba.

Y en cualquier caso, como recordaba el gran Tolkien en El Señor de los Anillos, la última novela cristiana, "si no puedes dar la vida no te apresures a otorgar la muerte".

Eulogio López

[email protected]