Los obispos vascos piden a las víctimas que perdonen a los etarras pero, sobre todo, piden a los etarras que se arrepientan del mal cometido y resarzan a las víctimas.

Los batasunos hacen algo parecido con ligeros matices: lamentan haber humillado a las víctimas. Muy cierto, asesinar a alguien es una manera de humillarle, una manera definitiva: ya no tendrá problemas de soberbia ni de humildad. Y han humillado a los familiares de las víctimas y a las víctimas heridas, ciertamente. Es la llamada humillación del tiro en la nuca o del bombazo en el coche, algo siempre muy molesto. Para que no falte de nada, los proetarras aseguran que igual de olvidadas andan las víctimas etarras, en su mayor parte producto de su enfrentamiento con la policía. Algún medio ha hablado de cinismo, pero es que los periodistas, ya se sabe, somos muy exagerados.

Los tres obispos vascos no han hecho otra cosa que llevar a un escrito la doctrina de Juan Pablo II. "No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón". Proposición que puede ampliarse de la siguiente guisa: el perdón de poco sirve sin el arrepentimiento -dolor de los pecados y propósito de la enmienda- del verdugo. La víctima puede perdonar, ciertamente, pero si el verdugo no se arrepiente se habrá conseguido que la víctima mejore, pero no que se haga justicia acerca de los hechos ni que se logre la paz.

Quiero decir que, o bien se consigue el arrepentimiento de los etarras o no hay nada que hacer. Incluso aunque la herida quede políticamente abierta, lo importante es enmendar el mal realizado. Es entonces cuando las víctimas dejarán de sentirse burladas.

Y ojo, el arrepentido no negocia: sencillamente pide perdón.

Eulogio López

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