El Banco Central Europeo, presidido por el inefable Mario Draghi (en la imagen), puede decir lo que le venga en gana y el resto de bancos centrales nacionales lo mismo, pero lo cierto es que los test de estrés han resultado una farsa. O una campaña de imagen, si lo prefieren, donde han aprobado hasta las increíbles contabilidades de los bancos franceses y las promesas increíbles de la banca italiana.

Pero tampoco es tan importante. Nada ha cambiado el mega-examen salvo para ratificar la mendaz teoría de que todo se arregla aumentando el capital. Es la mejor excusa para los banqueros incapaces o sinvergüenzas: si has gestionado mal o has metido la mano en la caja, tranquilo: los clientes están en tus manos y los políticos vendrán a salvarte con dinero público. Aquí no quiebra nadie.

Algún día volverá el sentido común, que significa algo tan sencillo como esto: dejar quebrar a los bancos quebrados
Los test de estrés sólo han servido para que se forren las consultoras y el BCE pueda dar una imagen edulcorada de la banca europea.

Segunda mentira: tras los test fluirá el crédito. De eso nada. Y es falso lo que asegura el subgobernador, Fernando Restoy: con estos tipos los bancos necesitan nuevos activos. Los bancos no dan créditos a las pymes por la sencilla razón de que no esperan su devolución. Sobra liquidez pero falta riesgo. De hecho, los bancos ahora mismo se dedican a ceder su negocio típico: venden la cartera de créditos porque no están dispuestos a perseguir al moroso. Se los ceden a la banca en la sombra y tratan de reducir plantillas y oficinas para dedicarse a gestionar activos a comisión o a intermediar con deuda pública.

Aun quedan banqueros que quieren seguir haciendo su oficio, pero cada vez son menos. Algún día volverá el sentido común, que significa algo tan sencillo como esto: dejar quebrar a los bancos quebrados. Y entonces los banqueros deberán dedicarse a lo que siempre se dedicaron: colaborar al bien común mediante el mecanismo de la multiplicación bancaria: convertir el ahorro en inversión productiva.

Eulogio López

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