Profundo analista social como soy, he llegado a la conclusión de que el mal, no ya de España o de Europa sino del mundo cristiano es la tristeza. La desesperanza y la abulia es lo que caracteriza al mundo actual. Una desesperanza que, a lo fariseo, se reviste de humildad, porque la desesperanza, así, entre nosotros, no da para mucho, ni en la vida ni en los ensayos.

Ahora bien, habitualmente cometo el error leer a Gilbert Chesterton lo que me provoca fuertes desasosiegos e inquietudes: resulta que lo que yo pensaba mío ya lo dijo él hace 100 años. Esto es muy duro, señores.

No vivimos en crisis. Vivimos la misma crisis de la modernidad, que ya tiene 300 años de edad, sólo que la crisis de tristeza se va agrandando. El maestro Chesterton lo explicaba así: "En nuestro tiempo, hasta la blasfemia se ha desgastado. El pesimismo ahora es, como siempre fuera en esencia, más banal que la piedad. La irreverencia ahora es, más que afectada, convencional. Maldecir a Dios es el ejercicio primero que figura en el manual de la poesía menor".

Y un añadido interesante: este pesimismo es patrimonio de la clase intelectual, no del pueblo. La literatura, como siempre, es el espejo que lo demuestra: "Al mismo tiempo que maldecimos las novelas baratas (hoy diríamos, las películas o series de TV baratas) por alentar el robo de la propiedad, (los intelectuales) promovemos la idea de que toda propiedad es un robo. Al mismo tiempo que acusamos (a esa producción literaria menor) de obscenidad e indecencia, leemos filosofías que exaltan la obscenidad y la indecencia. Al mismo tiempo que arremetemos contra ellas por animar a los jóvenes a destruir la vida, discutimos plácidamente si la vida es digna de ser preservada".

Menos agonías y más amor a la vida, que es una maravilla. O como dijera el maestro Chesterton: "la primera forma de pensamiento es el agradecimiento". Por estar vivos, se entiende.

Eulogio López
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