"Es usted esclavo de su forma de hacer política", le espetó hace casi 20 años, el entonces portavoz de la minoría catalana en el Congreso, Miquel Roca, a Alfonso Guerra, entonces vicepresidente de Felipe González, acosado por las andanzas de su fallecido hermano, Juan Guerra.

Lo que quería decir el amigo Roca, con la finura propia del seny catalán, es que Guerra era un borde que acusaba a sus adversarios políticos de corrupción siguiendo el modelo del viejo refrán: "Dime de qué presumes y te diré de qué careces".

Soraya Sáenz de Santamaría le ha dicho lo mismo, sin tanta 'finezza', al ministro de Fomento y portavoz del Gobierno, acerca de su presunto soborno por parte de un empresario farmacéutico gallego: "Apliquemos la doctrina Blanco: dimisión inmediata". Es decir, antes de que haya sentencia. Y antes de las elecciones, naturalmente, que es lo que busca el PP. En otras palabras: no juzguéis y no seréis juzgados.

Pero lo más grave es que tanto el Gürtel -incluso en su forma más cómica, la de venderse por trajes- los eres de Griñán, las subvenciones a la familia de Chaves o los contacto en gasolineras de Pepiño rebelan que España es un país donde no existe corrupción sino corrupción institucional. Es decir, corrupción que se considera normal y que sólo salta, como los volcanes en la isla del Hierro, cuando salta la prensa como escándalo. Es decir, que la corrupción sólo es inmoral cuando al poder mediático le interesa.

Ningún juicio, ningún escándalo político o mediático convencerá a los políticos para que no se corrompan. Debe ser su propia conciencia la que tome la palabra. Ahora bien, si a esta propuesta interpone usted, amigo lector, que los políticos no tienen conciencia, comprenderá que no puedo argumentar más.

Eulogio López

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