Indignados italianos destrozaron una imagen de la Santísima Virgen en una pequeña iglesia cercana a San Juan de Letrán, como cuenta con acierto el semanal Alfa y Omega.

No lo hacían con mala intención no por odio a la fe: era una muestra obligada de santa indignación por los desmanes de los mercados financieros y del capitalismo asocial que, como todo el mundo sabe, guarda connivencia con directa con el amor filial a la Madre de Dios y el rezo del Avemaría, una de las actividades que ha propagado la miseria en el mundo.

Y todo eso en Roma, donde las algaradas de los fieles seguidores de nuestro 15-M han sido más violentas. Tanto, que ya cuentan con su héroe: el chico del extintor, Fabrizio Filippi, el burguesito descamisado cuya solicitud por los pobres le ha llevado a intentar romperle la crisma a los enemigos del pueblo. Hay que reconocer que el pobre Filippi puede alegar en su defensa dos atenuantes. El primero, que sus padres se dedican a la educación de las nuevas generaciones, uno en un colegio, la otra en una universidad. El segundo, que él mismo cursa primero de psicología.

Insisto: al 15-M que le den mucha morcilla.

Eulogio López

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