En Guatemala hay más de 966.000 niños que trabajan en una situación precaria. Ante esta situación las autoridades del país han lanzado una campaña publicitaria en contra del trabajo infantil bajo el eslogan "No te laves las manos. El trabajo no es cosa de niños". Este spot ha sido galardonado en el Festival Publicitario de Cannes.

Por el contrario en Bolivia: Evo Morales buscará su tercer mandato tras permitir que trabajen los niños de diez años. Morales aprueba la explotación infantil que va contra los Derechos del Niño, proclamados por las Naciones Unidas.

Por otra parte, Anesvad viene lanzando, periódicamente, una campaña para recuperar a las niñas esclavas para formarlas y que accedan a un trabajo digno, bajo el eslogan: "El tráfico sexual es un destino marcado por la miseria para muchas niñas del Sudeste Asiático".
También, en Marruecos más de 600.000 niños son explotados, ante la mirada cómplice del Gobierno. Ghizlane, es una esclava infantil que se levanta a las 6 de la mañana. Tiene que preparar los alimentos para los niños de la casa en la que trajina. Dormita en la cocina, con una "hifa" en el pavimento y una colcha. Sólo podrá tumbarse a las 12 de la noche. Y se dará por contenta si no abusan de ella sexualmente. Ghizlane acaba de cumplir 8 años.

Esa esclavitud de los niños es la que han denunciado dos organizaciones norteamericanas; Human Rights Watch y Domestic Child, en sendos informes hechos públicos. Para estas criaturas su paga se limita a la vianda y algo para vestir.

Según las Obras Misionales Pontificias, las cifras de los niños esclavos son espeluznantes; 14 millones huérfanos a causa del sida; la mitad de los 600 millones de niños pobres del mundo; 130 millones no acuden a la escuela; 180 millones padecen desnutrición; 250 millones sufren explotación laboral, y un millón de menores caen en las redes del comercio sexual.
"Cuando hacéis con la violencia derramar las primeras lágrimas a un niño, ya habéis puesto en su espíritu la ira, la tristeza, la envidia, la venganza y la hipocresía", escribió Azorín.

Clemente Ferrer

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