He visionado la película Hotel Rwanda y no he podido, ni tampoco he querido, contener la emoción.

 

Es una gran película, llena de humanidad y, al mismo tiempo, cargada de crueldad por parte de los soldados que tenían como misión limpiar el país de la etnia tutsi. Se cometieron cerca de un millón de asesinatos.

La exclamación gracias a Dios, es una constante a lo largo de la película que, en los momentos más terribles, surgen también increíbles actos de heroísmo. Dando esperanza. Esta película muestra que de los grandes males se logran grandes bienes, y lo hace con una historia real y terrible, sucedida recientemente en África, durante el genocidio de Ruanda.

Paul Rusesabagina es un ciudadano ruandés, de la etnia hutu, que dirige el Mille Collines, uno de los hoteles más prestigiosos de Kigali. En medio de una situación social inestable, Paul, un hombre de buena posición social, inteligente y honesto trabaja con tesón por mantener el orden y la calidad del servicio en el hotel, aunque ello le lleve a cometer algún soborno con las deshonestas autoridades del país. Mientras tanto, la ONU se encuentra en Ruanda para negociar el convenio de paz entre hutus y tutsis. Pero la paz no pudo ser una realidad, ya que tras el asesinato del presidente estallaría una sangrienta guerra civil que dio lugar a uno de los grandes genocidios del siglo XX.

Muy pronto Paul se da cuenta del peligro que corre su propia familia, ya que su mujer es tutsi. Una noche comenzaron los asesinatos indiscriminados por las calles; familias enteras, hombres, mujeres y niños, son descabezados; los tutsis son degollados por los machetes de los hutus. El odio es feroz y salvaje. Paul conseguirá llegar hasta su hotel con su familia y allí sabrá que la ONU se desentiende del problema, mientras miles de tutsis buscan protección en su hotel.

La cercanía de los acontecimientos favorece la historia de la que la mayoría de los espectadores hemos sido testigos. El director Terry George hace que percibamos la impotencia ante el cruel genocidio y que nos impliquemos en los sucesos, gracias a un guión preciso, que no desciende en ningún momento y que no duda en censurar duramente a las ambiguas y vacilantes potencias occidentales. Resultan impagables, para el resultado final, las interpretaciones de Don Cheadle y Sophie Okonedo, sendos nominados el preciado Oscar, que trasladan una angustia sorprendente y que provocan momentos de una tragedia difícil de igualar. La película no cae en ningún tipo de ostentación macabra.

Clemente Ferrer

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