(Mateo 2, 1-13)

Su Majestad, Juan Carlos I, Rey de España, se había retirado pronto aquella noche. Había tenido un día ajetreado y llevaba unas Navidades que sólo deseaba terminaran pronto. Eso le proporcionaba una especie de fatiga, tensión y enervamiento permanentes. Es decir, que Su Majestad estaba permanentemente cabreado.

No obstante, aquella jornada había sido la mejor del periplo navideño. Era el 5 de enero Día de la Pascua Militar. El monarca se dijo a si mismo que aún quedaba un estamento de la sociedad española que aún le apreciaba: el Ejército.

Al menos no había perdido su aura ni ante los mandos tradicionales, los católicos, ni entre la oficialía más moderna, copada por masoncetes. Al menos, los militares le consideraban. Esa era la palabra: consideración. La milicia aún sentía por la Monarquía el respeto que el pueblo había perdido. Españoles ingratos que no valoraban la democracia que él les había regalado. A cambio, sólo había recibido maledicencia y racanería. Cuando pensaba que ni tan siquiera le habían permitido construir su pabellón de trofeos, el sueño de todo cazador…

En cualquier caso, el cansancio de la celebraciones de la Pascua Militar le hizo conciliar el sueño muy pronto. Al día siguiente, seis de enero, podría levantarse tarde, pues era Día de Reyes y esa larga madrugada era propiedad de los niños. Toda España iba a ocuparse de cualquier cosa menos del jefe del Estado: ¡Qué suerte! En un instante, el Rey entró en el mundo de los sueños, allí donde el villano y el Señor se miden por el mismo rasero.   

Sin embargo, cuando dieron las doce en el viejo reloj de péndulo de la antesala, el Rey se despertó sobresaltado. Sintió la presencia de un extraño. No era para menos. Al lado mismo de su dosel, figuraba una especie de gigante, aunque de edad provecta, de rasgos nobles, pero ya casi entrado en la ancianidad. El gigante lucía sobre su cabeza lo que Juan Carlos I nunca llevaba: una corona:

-¿Quién eres y cómo has entrado aquí? -preguntó el Rey de España, sobresaltado, aunque resuelto a abroncar a los responsables de seguridad de la Zarzuela en cuanto tuviera oportunidad.

El intruso le tranquilizó:

-Dime Juanito, ¿no reconoces a tu colega? Soy el Rey Melchor.

Juan Carlos I tardó unos segundos en reaccionar y, cuando lo hizo, no tuvo la reacción más inteligente:

-Pero tú no eres un rey de verdad, tú eres un mago.

De mago nada. La magia está prohibida en el Reino. Eso es propiedad del maligno.  

EL Rey, el de España, intentó convencerse a sí mismo de su alucinación con los llamados argumentos políticamente irrefutables:

-No tienes un país sobre el que gobernar.

-Si es por eso no te preocupes Juanito, tú tampoco gobiernas sobre ningún país.  

-Ni un ejército.

-¿Acaso puedes declara la guerra Juanito?

¡Y dale con Juanito!

-Bueno, ¿qué quieres? No figurabas entre las audiencias previstas.

-Vengo a ofrecerte oro y podría ofrecerte mucho más, con una sola condición.

-¿Cuál –pregunto el Rey de España, a quien el oro siempre le había interesado.

-Que lo pidas.

-¿Pedir? ¿Como un niño que escribe su cara a los Reyes Magos?

-Justamente así.

-No soy un niño, colega. A mis años y con mi hoja de servicios al país, ni tan siquiera debería mendigar el presupuesto de mi Casa a esos políticos que me regatean hasta lo necesario para cumplir con mi función.

El Rey estaba fuera de sus reales casillas:

-Si tuvieran que pagarme todo lo que he hecho por ello no habría otro en el Banco de España para abonar la factura. Mucho menos he de suplicarle a un rey de opereta, una especie de Fort Knox coronado.

-La principal virtud de un monarca es la humildad, querido colega. Yo me arrodillé ante un recién nacido.

-¡Que era Dios, no te fastidia! –explotó el monarca-: Yo también me arrodillo ante Dios.

-Ante los hombres sólo era un bebé en una aldea perdida de Judea. No eres humilde cundo te postras ante Dios sino cuando te humillas ante los hombres, especialmente ante los que te ofenden.

-Sea, solicita una audiencia a mi Secretaría y te formularé una petición, por escrito, de unos cuantos quintales de oro –se mofó el monarca-. Pero ándate con cuidado: el Mundo podría publicarlo.

-No sé a qué mundo os referís, querido colega.

-Al diario El Mundo. Ya veo los titulares de portada: "El mago Melchor soborna al Rey de España", con un editorial anexo, firmado por Pedro Jota, solicitando el advenimiento de la III República, probablemente presidida por él mismo.

El Rey estaba embalado pero no pudo seguir hablando porque se dio cuenta de que el Rey Melchor había desaparecido. Los sueños –pensó Juan Carlos I- son mágicos, es decir, imposibles. Volvió dormirse.

No duró mucho la tranquilidad. De nuevo, Su Majestad se vio sobresaltado por una segunda visita. Ante su cama apareció otro personaje. Igualmente coronado. Esta vez sus cabellos no eran blancos y su tez morena rebelaba su origen semita:

-Buenas noches, colega, soy el Rey Gaspar.

-¡Vaya! Ya sólo falta el negro.

-Vengo a ofrecerte incienso, la sustancia que los Reyes ofrecemos al Rey de Reyes.

-Pues a mí el olor del incienso me marea –respondió fastidiado el Rey, el de la Zarzuela, que empezaba a creer que aquella noche no podría conciliar el sueño.

-Le ofrecemos incienso porque Él es el Rey de la eterna coherencia: ama la paradoja pero aborrece la contradicción. Dime Juanito: ¿Eres coherente con tu fe?

-Eso no es tan sencillo como pensáis los Reyes de mundos tan lejanos al mío.

-¿Estás seguro de que habitamos mundos tan lejanos?

-Y sí, creo que, a pesar de las acusaciones de la guerrilla digital sin ser un beato he sabido ser coherente con mi fe cristiana a la par que abierto a todas las sensibilidades españolas. Te pondré un ejemplo: Cuando un político catalán se burló de la Corona de espinas de Nuestro Señor, durante un viaje a Jerusalén, yo me fui a besar las plantas del Santo Cristo de Medinaceli.

-No está mal.

-Mucho más de lo que habrían hecho mis pares.

-Sí claro, siempre hay alguien peor pero también los hay mejores. Los hay que por fidelidad a sus principios han ido más allá. Recuerdo que un tal Balduino abdicó para ni tener que rubricar una ley de aborto.

-Por 48 horas –respondió, furibundo, el monarca, a quien aquel episodio del fallecido, y bien fallecido, rey de los belgas, tenía la virtud de sacarle de sus casillas. Además, don Juan Carlos empezaba a sentirse harto de dar explicaciones:

-Creo haber sido más coherente con mis principios que cualquier otro Rey.

Luego, en pro de la ecuanimidad, concluyó:

-Al menos en mi actividad pública. Y además, señor Gaspar, ya estoy harto de dar explicaciones.

Pero cuando se dio media vuelta, el amigo Gaspar se había evaporado.

Don Juan Carlos refunfuñó: "Ya me gustaría a mi poder evaporarme de ciertos compromisos con la misma facilidad que estos magos".

Ni tan siquiera intentó conciliar el reconciliar el sueño, Se temía una tercera visita. Así que permaneció con la mirada fija en la puerta de entrada de la alcoba, situada a la izquierda del regio tálamo. Pero nadie apareció.

-Hola Juanito.

El rey brincó. Cómo no, el negro Baltasar estaba sentado a su derecha y su acento zumbón resultaba ligeramente irritante, más aún cuando venía adornado con la retranca de quien ha perdido mucho tiempo hablando con reyes.

-No me diga más: traes mirra.

-¿Qué otra cosa podía traer? Mirra como hombre que eres al servicio de otros hombres.

-¡Qué felices tiempos aquéllos en los que los ciudadanos servían a los Reyes de vez en cuando! Toda mi vida dedicada al servicio a España y ahora nadie lo valora.

-Es que nadie tiene que valorarlo –respondió Baltasar, quien parecía divertirse de lo lindo con la situación-. Para servir fuiste puesto en el mundo. Pero no se sirve para lograr reconocimiento. De esa forma, ya has obtenido tu recompensa. Recuerda Juanito: siervos inútiles somos, lo que teníamos que hacer, eso hicimos.

-¡Esto es el colmo! ¡Voy a llamar al cuerpo de guardia!

Alargó el brazo para tocar el timbre pero se quiso dar cuenta volvía a estar solo en su dormitorio.

El Rey volvió a dormirse, sólo después de ordenarse a si mismo borrar de su memoria aquella noche de sueños, quizás pesadillas, producto, sin duda, de una pésima digestión.

Toda noche termina con el amanecer. Cuando regresó del mundo de los sueños, el monarca observó la luz que entraba por el ventanal. Ninguna luz mañanera le había alegrado tanto. Pero fue entonces cuando se quedó atónito. Sobre la mesilla, alguien, o 'alguienes', había depositado tres objetos: un pequeño lingote de oro, un incensario y un frasquito de alabastro con una sustancia oleaginosa que despedía una suave fragancia. Ahora sí, el monarca pulsó el botón y medio minuto después aparecía su ayuda de cámara:

-Román envíale este incensario al cardenal Rouco y pídale que rece por mí.

Luego atrapó el frasquito de mirra y advirtió: déjalo abierto, en el salón de recepciones.

Finalmente, miró el pequeño lingote de oro y, como hablando consigo mismo, ordenó:

-Dile a mi administrador que acuda cuanto antes.

Mala cosa los sueños: siempre comprometen a villanos y señores… por igual.

Eulogio López

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