Su Majestad el Rey, don Juan Carlos I, exhibió tres ideas durante su discurso de Navidad.

La primera es la confianza, clave en la economía, ciertamente, pero cuando alguien solicita confianza en el futuro es que no la tiene. Salvo que se trate de confianza en Dios, claro, es decir, la cuarta y definitiva virtud teologal, pero me temo que no era esa la confianza la que se refería Su Majestad.

Segunda idea: la unidad. La unidad de España, claro está, porque la unidad de los españoles es la unidad que tiene que reclamar un rey de España. Vamos, digo yo. De inmediato, el presidente catalán Artur Mas, el guiñol del secesionismo catalán más obcecado, así como los nacionalistas vascos, en su cara más fea, la cara de la soberbia vasca, le han mandado a paseo.

Los primeros, CIU, porque el área secesionista de Cataluña ha perdido el seny. Se han convertido en verdugos que pretenden pasar por víctimas y entonces le dicen al Rey de España, por boca de don Artur, que lo suyo es la unidad europea. Es decir, profieren la misma tontuna que la de los proetarras de la Transición: Yo, de Bilbao a Bruselas sin pasar por Madrid, lo cual, más que geometría variable es geometría del absurdo. Pero es lógico: los secesionistas vascos o los catalanes no aman a Europa, sólo odian a España.

Por tanto, me temo que con los nacionalismos vasco y catalán se han roto todos los puentes: los han roto ambos nacionalismos. Lo de Euskadi no es noticia, porque nunca hubo tales puentes; lo de Cataluña sí es noticia, y mala noticia, porque el nacionalismo catalán -Jordi Pujol dixit- es construcción. Pues bien, me temo que ha dejado de serlo. Yo espero que Artur Mas reflexione, que recupere su catalanismo. Pero, por el momento, sólo lo espero.

Tercera idea del discurso de Nochebuena del Monarca. La política es importante, no todos los políticos son unos corruptos. Claro que sí, pero los políticos, como los funcionarios de alta gama (médicos, maestros, pilotos, ministeriales), se resisten a perder sus privilegios. En el caso de la clase política, se resisten, para ser exactos, a desaparecer. Porque eso es lo que se precisa hoy de los políticos: que se suiciden. El ejemplo es Castilla La-Mancha. La mejor medida de Dolores de Cospedal no ha consistido en dejarles sin salario a sus regionales señorías, sino en reducir a la mitad el número de parlamentarios para la próxima legislatura. Así se evitaría un montón de riesgos innecesarios. Incluso no hubiera estado mal que suprimiera el Parlamento regional e instaurara un régimen autonómico presidencialista. Y esto porque el perdido prestigio de la clase política entre los españoles sólo se recobrará cuando haya menos políticos y éstos actúen, como solicita el Monarca, por espíritu de servicio, es decir, sin cobrar… y cuando disminuya el número de políticos y nos ahorremos, no sólo el coste de su salario, sino también los gastos que comporta cada cargo público.

Y así, los hombres públicos, nos darían el buen ejemplo que solicita el Monarca (en la imagen) a la clase política.

Confianza, unidad y espíritu de servicio. Tres ideas para un discurso. Pero luego queda la omisión, lo no dicho por Su Majestad. Faltó la alusión a la Navidad, que no es otra cosa que el cumpleaños de Cristo. Y no por devoción real, sino porque es el Rey de España y España no se entiende sin el cristianismo que la forjó. Sí, y sé que esta omisión viene de atrás y que su Católica Majestad ha dejado ser católica, al menos en público. Pero no por ello deja de ser omisión, y omisión peligrosa. Porque, aunque ahora la atmósfera dominante diga lo contrario, no olvidemos que si su Majestad deja de ser católica, dejará de ser Majestad.

Eulogio López

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