Enda Kenny consideró "vergonzosa" la actitud del Vaticano en los casos de abusos sexuales perpetrados por sacerdotes católicos en Irlanda

 

A raíz del Informe Cloyne (que toma el nombre de una diócesis del país donde se produjeron los abusos), el primer ministro irlandés criticó duramente al Vaticano y anunció un tiempo en el que las relaciones entre ambos estados cambiarían en relación a la situación actual.

Pese a que el informe es mucho menos duro y es más equilibrado, el primer ministro parece ser que se ha dejado llevar por la dureza del caso y ha podido dejar de lado algunas circunstancias. El elemento crucial para su crítica es una carta escrita en 1997 por el nuncio del Vaticano en Irlanda. En esa misiva, el nuncio escribía a la Conferencia Episcopal Irlandesa en base a indicaciones recibidas por la Congregación para el Clero sobre el documento Child Sexual Abuse: Framework for a Church Response realizado por los obispos, y en el que había objeciones, porque contenía aspectos cuya compatibilidad con la ley canónica universal eran problemáticos.

Este documento no suponía la última palabra y por lo tanto estaba sujeto a modificaciones por parte de la Santa Sede y como ha afirmado el P. Federico Lombardi, "no hay razón alguna para interpretar esta carta como dirigida a ocultar los casos de abuso". Más bien al contrario, se trataba de poner remedio a situaciones en las que los procedimientos se revelasen inválidos desde el punto de vista canónico, haciendo vano así el propio objetivo de sanciones eficaces que los obispos irlandeses se proponían. Y, de hecho, si Juan Pablo II empleó la mano más dura de su Pontificado contra los curas pederastas, Benedicto XVI dio el paso final: la propia Iglesia debía denunciar ante los tribunales civiles a los sacerdotes pedófilos.

En esa misma carta, el primer ministro ha querido leer cierta invitación a no respetar las leyes del país, lo que es totalmente contrario a la intención. Es más, cuando se escribió esa carta, ni siquiera había leyes civiles en las que hablara de la obligación de informar a las autoridades civiles. En otras palabras, la famosa misiva no aclara nada pero el primer ministro la ha elevado a la categoría de prueba decisiva de la implicación, no ya de la Iglesia irlandesa, sino del mismísimo Vaticano.

Todo ello no excusa que los casos de pedofilia clerical, aunque gravísimos en un ministro de Dios, son estadísticamente inferiores a los habidos en cualquier otra sociedad, colectivo o profesión. Se trata, pues, de una campaña con origen en Nueva York y exagerada hasta la náusea…

Andrés Velázquez

[email protected]