Que la celebración del nacimiento del Redentor refuerce el espíritu de fe, paciencia y fortaleza en los fieles de la Iglesia en la China continental, para que no se desanimen por las limitaciones a su libertad de religión y conciencia y, perseverando en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, mantengan viva la llama de la esperanza. Que el amor del «Dios con nosotros» otorgue perseverancia a todas las comunidades cristianas que sufren discriminación y persecución, e inspire a los líderes políticos y religiosos a comprometerse por el pleno respeto de la libertad religiosa de todos.

Lo ha dicho Benedicto XVI, en la bendición urbi et orbi que marca desde Roma la navidad cristiana. Antes había rogado a Dios, al Dios que ha venido, al Dios cercano, por otros países cristófobos, como Sudán, Somalia o Costa de Marfil o por Irak, así como aquéllos donde la persecución abierta se combina con una presión insufrible, como es el caso de Tierra Santa. Pero, sobre todo, Benedicto XVI señala a Pekín, como paradigma de lo que ocurre en el mundo.      

Sí, el mensaje navideño del Papa ha sido el de persecución, una persecución que se relata mitigada por la convicción del cristiano en la victoria final: Dios no pierde batallas.

En Nochebuena me refería a la doble persecución que sufre la Iglesia: la oculta, en Occidente; la abierta, en Oriente. La Iglesia vive ahora entre Roma y Beijing. Y el Papa lo sabe.  

En plena Nochebuena, otro atentado contra la fé cristiana, esta vez en Filipinas. Naturalmente, el momento elegido fue la celebración de una misa de Navidad para que quedara claro qué es lo que se quería atacar, a quién se quería hacer daño.

No, el panorama no es angustioso para quien confía en Cristo, pero tampoco podemos negar la realidad. Persecución existe, otra cosa es que, como siempre, los cristianos venceremos. Eso sí, no podemos abandonar a quien sufre por su fe ni dejar de denunciar la Cristofobia reinante, porque eso sería mentir.

Eulogio López

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