Antes de ser nombrado ministro de Economía, el ministro Luis de Guindos tenía su despacho en la calle Serrano, remozada por el entonces alcalde de Madrid y hoy compañero de Gabinete, Alberto Ruiz Gallardón, quien paralizó el centro de Madrid con unas obras que certificaron su apelativo popular: el Faraón.

Al final, la calle Serrano, quedó muy bonita pero cada superadoquín de las magnas aceras de Serrano se salda con una deuda que pagamos todos los madrileños y que su sucesora, Ana Botella, no podrá pagar, porque no puede subirles a los madrileños los impuestos indefinidamente (aunque, al parecer, lo intenta). Todo es posible en domingo para los populares, adalides de la bajada de impuestos y practicantes de justo lo contrario.

Pues bien, De Guindos señalaba la calle y señalando a los adoquines aseguraba: déficit público es eso de ahí abajo: ¿de verdad era necesaria una acera de quince metros?

La diferencia entre un político o un banquero con un particular es que si éste vive por encima de sus posibilidades acaba pagando su derroche. Pero cuando es el político o el banquero quien vive por encima de sus posibilidades la factura la pagan todos los demás.

Ahora los economistas defensores del PP, visto que los ajustes no reducen la deuda pública sino que la incrementan, echan la culpa al ciudadano: alegan que lo peligroso no es la deuda pública sino la deuda privada. Su receta es siempre la misma: más ajustes. Esto es, se precisan ajustes -perdón, reformas- para solventar la deuda pública. Como los ajustes no consiguen tal cosa, entonces el culpable es la deuda privada. Vamos que sólo faltaba que el Estado -sea Europa, España, la comunidad autónoma correspondiente o el ayuntamiento de turno- me impongan cuánto y dónde debo gastar mi dinero. Por la misma razón podrían imponerme con quién tengo que matrimoniar.

Eulogio López

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