Al albur de las elecciones israelíes del pasado martes, los más sesudos politólogos y cronistas diplomáticos hablan y no paran de la peligrosa atomización del voto en Israel. La barrera de entrada (número de votos mínimos para acceder al Congreso) a la Parlamento no es del 3 o del 5% como en Europa sino del 2% y además hablamos de una sola circunscripción y de un sistema verdaderamente proporcional, donde todos los votos valen lo mismo.

Los judíos son austeros. Tiene una cámara el Knesset, con 120 diputados, que se han repartido en estos comicios nada menos que 11 formaciones políticas, del más distinto pelaje. ¿Ingobernabilidad No parece. Hablamos de un país en permanente estado de guerra, pues viven rodeados de enemigos que, sencillamente, pretenden destruirle. Sin embargo, siempre llegan a un acuerdo de gobierno y nadie puede dudar de que se trata, para bien y para mal, de uno de los ejecutivos más eficaces de todo Occidente.

Es decir, los judíos contradicen, afortunadamente, la tendencia de todo Occidente hacia el duopolio político: ya saben, dos partidos, demócratas y republicanos, que no permiten ninguna otra opción, y que acaban convirtiéndose en clubes de intereses que se desarrollan por cooptación.

Pero dejando a un lado el medidor de eficiencia resulta que el modelo es mucho más justo que los duopolios vigentes en Europa y América.

Por cierto, lo de los nacionalismos en España es tan duopolio, u oligopolio, como el que, a nivel nacional, representan PP y PSOE. Simplemente, es un oligopolio ceñido a sus zonas de cobertura, a sus intereses más bien 'boinardos'. Es decir, que los 120 diputados judíos trabajan para todos los israelíes, sean de norte y del sur. Difieren en sus posturas ideológicas... que es en lo que deben diferir los distintos partidos de un parlamento. Vamos que el bien común de los israelíes, de todos, es el objetivo de cada uno de los 120 parlamentarios de la Knesset, a saber, que no son cainitas, como ocurre en España.

Eulogio López

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