Aunque parezca lo contrario el Real Madrid no es una jaula de grillos sino un equipo de futbol.

El amigo Mou, es decir, don José Mouriño, entrenador del Real Madrid, le ha dado ahora contra Casillas, el icono del equipo. Y algo de razón no le falta, porque el portero no vive sus mejores momentos.

El asunto es sencillo: Mou es un poquito bocazas y un pelín altanero. Pero además, Mou es uno de esos acogidos en España que odia lo español. Por eso odia la cantera madridista y su máxima aspiración consiste en ser seleccionador portugués. Sólo que en este cargo cobraría mucho menos que en el Real Madrid, naturalmente, y tendría menos presencia mediática. Por ejemplo, no le invitarían al Golfo Pérsico para arreglar el mundo –afortunadamente sólo el mundo futbolístico- junto a un intelectual de su misma talla, como es Diego Armando Maradona. (Leer más)

Pero no es Mou quien se está cargando el madridismo. Madridismo es que a un chaval de Vallecas le pongas una camiseta blanca -a ser posible sin la publicidad de una firma de juego electrónico de baja reputación corporativa- y ese chaval se deje la piel en el campo. No es madridismo convertir al club en una instrumental financiera dedicada a la compra-venta de galácticos. Y en ocasiones, además, compra fatal. El madridismo no es un negocio de compra-venta sino la ilusión de un chaval, del famoso chaval de Vallecas, por llegar al primer equipo en el club con mejor historial del planeta.

Y también, madridismo es humildad y dedicación por parte de las estrellas a la chavalería que ronda el Santiago Bernabéu o Valdebebas.

El madridismo está muerto, urge resucitarlo. El Madrid de hoy es el Barcelona de hace 25 años y viceversa. El Barça le da hoy lecciones de deportividad al Madrid, cuando antes ocurría justo al revés.

En definitiva, Mou sobra en el Madrid por bocazas, pero sólo por eso. El que realmente sobra, lo mires por levante o por poniente, es el presidente, Florentino Pérez, que es quien ha acabado con el madridismo. Ha aplicado a un club de futbol, un club muy especial, las recetas propias de una sociedad mercantil, más en concreto las recetas propias de una sociedad financiera. Y un club de fútbol es algo más, o algo menos, que una empresa. Lo que no puede ser, en modo alguno es sólo un negocio. Y en lo que no se puede convertir es en lo que se ha convertido el Real Madrird: una feria de las vanidades, compuesta por deportistas tan multimillonarios como mentecatos. Pero el que sobra es quien les fichó.

Eulogio López

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