"Si el Gobierno central hubiera aprobado en 2010, tal y como adelantó en varias ocasiones, la Reforma de la Ley de Libertad Religiosa, vigente en España desde 1980,  Juan Cotino no hubiera podido exhibir ayer su crucifijo en las cortes valencianas".

 

Cito textualmente al diario El País para demostrar lo que todos ya sabíamos: que lo políticamente correcto significa hacer leyes de libertad religiosa para cargarse la libertad de profesar religión alguna, especialmente la cristiana, que es el enemigo a batir en países como España, imposible de comprender sin sus ideales cristianos.

Jurídicamente, no hay que reclamar libertad religiosa, sino libertad de culto. Si por libertad religiosa entendemos la libertad para rezar no necesito ninguna norma alguna que me proteja: nadie puede evitarme que me dialogue con el Padre Eterno. Lo que sí necesito, o al menos es muy conveniente, porque pienso hacerlo igual, es que el Estado proteja la libertad de culto, mi libertad para manifestarme como lo que soy, cristiano, en privado y en público.

Todo esto porque Juan Cotino, nuevo presidente de las Cortes valencianas ha decidido colocar sobre su mesa de trabajo, es decir, la Presidencia de las Cortes regionales, un crucifijo.

Naturalmente a El País no le molesta, lo que se dice nada, que a su lado estuviera una diputada de la izquierda valenciana, ataviada con una camisola en defensa de los sagrados derechos palestinos. A lo mejor es que el amor al crucificado supone una violación de la libertad ajena pero el amor a los palestinos constituye un sano compromiso político.

Cotino se ha convertido en el Gran Cotino como aquel Gran Torino, trasunto cinematográfico de Clint Eastwood, que, para hacer justicia, eligió la solución más cristiana y más valiente: morir antes que la de matar. Vamos, que el Gran Cotino no ha tenido miedo a presentarse como lo que es: un cristiano. A eso antes le llamábamos autenticidad pero hoy, miren por dónde, es dogmatismo.

Eulogio López

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