"Sólo me viene una palabra a la boca: 'vergüenza'". Era el Papa Francisco, tras conocerse que un barco, con 500 inmigrantes a bordo, había naufragado,trsa incendiarse, frente a la isla italiana de Lampedusa.

Y sí, es para sentir vergüenza. No importa que los culpables directos sean las mafias que utilizan la miseria para trasportar a los inmigrantes ilegales como mercancía. No importa que en efecto, Europa y Estados Unidos cierren sus fronteras a los desesperados, especialmente Europa, porque disparan los gastos del Estado del Bienestar. Cuando alguien se arriesga a morir ahogado es porque la miseria le impele a buscar una salida, cualquier salida.

Y sí, es una vergüenza que esto ocurra pero la solución no es fácil. Porque la inmigración es mala de suyo: sólo emigra, al menos en estas condiciones, quien no puede vivir en su tierra de origen. Es decir, se emigra la fuerza. Pero eso no quita que el principio primero -el habitual en la historia- sea el de fronteras abiertas para todos en cualquier situación.

Y más en el periodo de globalización, donde los capitales pueden moverse sin problemas, así como los productos y servicios... pero no los seres humanos. Es una globalización asimétrica, por tanto, injusta.

Eulogio López

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