• Los bancos centrales siguen emitiendo dinero sin límite alguno.
  • Y los bancos privados siguen financiando sin límite la deuda pública.
  • Además, la proporción de una inversión que las entidades deben financiar con sus propios recursos y no con deuda es uno de los elementos que contribuyen a la creación de burbujas como la inmobiliaria.
  • En este sentido, Fernando Restoy advierte de los 'modelos avanzados' para establecer los recursos propios, que consisten en una autoimposición de las entidades, validada por el supervisor, al margen de los estándares establecidos por este último. Una suerte de autorregulación.
  • Tal vez la solución sea más sencilla de lo que parece: dejemos que las entidades apliquen libremente sus modelos de recursos propios, pero eso sí, con el compromiso de sus accionistas de hacer frente con sus patrimonios personales a las pérdidas que en un momento no puedan ser absorbidas por las instituciones en las que participan, tal y como ocurre en las pequeñas empresas.
  • En definitiva, la reforma del sistema financiero sigue incidiendo en el paradigma que nos ha llevado a esta crisis, en lugar de abandonarlo. En otras palabras, hemos aumentado la velocidad en el carril equivocado, en lugar de cambiarnos del mismo.

Muy interesante, aunque sean poco más que unas pinceladas, la comunicación que el subgobernador del Banco de España, Fernando Restoy (en la imagen), dirigió el otro día dentro de las Jornadas de Regulación bancaria que organizó Analistas Financieros Internacionales (AFI).

Habla el subgobernador de que la reforma que se ha emprendido recientemente con la adopción de Basilea III mediante los oportunos Reglamento y Directiva, que comenzaron a entrar en vigor el pasado 1 de enero y que continuarán haciéndolo durante los próximos cinco años, es una respuesta a las "deficiencias evidenciadas durante la crisis".

El problema es que mientras no se abandone el actual sistema de banca central con reserva fraccionaria (sistema que permite emitir dinero sin límite alguno) que exige el correspondiente aval implícito del contribuyente a los bancos para que éstos continúen financiando sin límite la deuda pública -que así siempre aparentará poder ser pagada mientras no estalle la rebelión fiscal-, será imposible mejorar nada. Como dice Gordon Gekko (Michael Douglas) en Wall Street. El dinero nunca duerme esta crisis es la antesala de la próxima que será la definitiva.

Le da vueltas el alto responsable al problema del establecimiento de la ponderación de los activos para el cálculo de los recursos propios exigibles. La ponderación, la proporción de una inversión que el banquero debe financiar con sus propios recursos y no con deuda, no es neutral y es uno de los elementos que coadyuvan a la creación de burbujas, al margen de la capacidad de los bancos centrales de emitir sin límite.

Coadyuvan porque discriminan en favor de los activos para los que el banquero no necesita aportar fondos propios. El ejemplo más claro lo tuvimos con el crédito con garantía inmobiliaria, para el que casi no se exigía capital, lo que favoreció, además, su refinanciación continua mediante titulizaciones,  y lo tenemos con la deuda pública que, como no consume, absorbe todo el crédito disponible de las entidades actualmente.

Pero es que además, los coeficientes, incluso los altos, exigen poco capital. El subgobernador se para en su presentación en el problema del establecimiento de dichos coeficientes mediante los denominados modelos avanzados, que consisten en una autoimposición de las entidades, validada por el supervisor, al margen de los estándares establecidos por este último. Una suerte de autorregulación. Se para en ellos con el fin de hacernos notar que los parámetros calculados por distintas entidades son muy dispares.

Tal vez la solución sea más sencilla que todo eso: si las entidades confían tanto en sus modelos propios para establecer sus necesidades de recursos propios, dejémoslas aplicarlos libremente, pero eso sí, con el compromiso de sus accionistas, al menos los de control, de hacer frente con sus patrimonios personales a las pérdidas que en un momento no puedan ser absorbidas por las instituciones en las que participan.

En el fondo, se trata de acabar con el concepto de responsabilidad limitada que se aplica a los accionistas de las grandes corporaciones, pero no de las pequeñas empresas en las que el patrón tiene que avalarlo todo. La banca funcionaba magníficamente bien así hace 150 años.

Insiste el alto responsable en la necesidad de establecer un "orden claro de asunción de costes por parte de accionistas y acreedores". Está bien la preocupación porque demuestra que no lo ha habido, pero el Derecho Concursal común, el que se aplica a todos los demás sectores, es claro: primero pierden los accionistas todo antes de que uno solo de los acreedores pudiera no llegar a ver satisfecho su crédito.

Respecto del sistema de garantía de depósitos, nos aclara que el fondo que se está creando con aportaciones de las entidades (¿y si es con aportación de las mismas por qué no dejamos que lo gestionen ellas, en lugar de un organismo público que asume así para el contribuyente las responsabilidades por negligencia o falta de diligencia) estará durante los próximos diez años compartimentado por territorios, porque los alemanes, no lo dice explícitamente, no quieren que sus aportaciones cubran los desfases de otros. Para que no nos preocupemos nos recuerda que si falta dinero, el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) podría anticipar los fondos que las entidades que sobrevivieran a una eventual crisis aportarían posteriormente. Un sinsentido como pagar con primas futuras de los sobrevivientes fallecimientos pasados.

Termina recordándonos que pocas veces hemos visto una reforma tan intensa del sistema financiero. Yo no diría que tanto, porque sigue incidiendo en el paradigma que nos ha llevado a esta crisis, en lugar de abandonarlo. Más bien diría, que hemos aumentado la velocidad en el carril equivocado, en lugar de cambiarnos del mismo.

Rubén Manso

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