Con el ególatra juez Baltasar Garzón a la cabeza, tanto del derecho internacional como por su eficacísima y bien remunerada labor propagandística, sobre el último icono del Nuevo Orden Mundial: el derecho internacional. Como el término les parecía poco rimbombante, ahora hemos pasado de derecho internacional a justicia universal, lo cual, a buen seguro servirá para enjuiciar a los tiranos de todo el sistema solar y de la galaxia entera.

A la progresía le pone esto de la justicia universal. Se regocijan con iniciativas como la del juez Ismael Moreno, quien ha lanzado una orden de búsqueda y captura contra el tirano chino Jiang Zemin (en la imagen), a quien por cierto le duele el estómago de tanto reír. No debería, pero me temo que el tirano se lo está pasando pipa.  Eso sí, resulta bastante desagradabe la amenaza de los chinos, con la exigencia a España de que "encuentre una silución" si quiere que nos sigamos llevando bien.

Pero tampoco me creo lo del PP, quien ha lanzado un proyecto de ley que no trata de cambiar el derecho pero sí su condición de internacional. En definitiva, contrae a los jueces para que no perjudiquen con sus encausamientos a líderes extranjeros los intereses comerciales de España. Y no se preocupen: el gobierno español se cuidará muy mucho de molestar a los tiranos chinos, islámicos o iberoamericanos.   

Del derecho internacional me preocupan dos cosas: saber de qué derecho estamos hablando y el hecho de que sea internacional.

Lo primero, porque hasta hace 25 años teníamos muy claro de qué estábamos hablando cuando hablábamos de derechos humanos: vida, libertad religiosa, libertad de expresión, etc. Ahora ya no, porque Naciones Unidas se ha inventado los de los nuevos derechos, o derechos de segunda generación. Por ejemplo, el derecho al aborto, que contradice el derecho a la vida. Y así, los tribunales internacionales persiguen a los gobiernos que, por ejemplo, ni legalizan ni promocionan el homomonio.

Por otra parte, en la lucha por las libertades, sustituir a los políticos por los jueces resulta peligroso. Quiero decir que los jueces no son elegidos por votación popular; los políticos sí, al menos en los regímenes democráticos. Quiero decir, ojalá el dictador chino fuera juzgado por sus crímenes, que no se circunscriben -ni tan siquiera los más graves- a los perpetrados en el Tíbet. Lo que discuto es, en resumen, la legitimidad de  los jueces mientras no hay justicia popular. Porque si no es popular, a lo mejor tampoco debe ser universal.

Todo el proceso entero de globalización supone jugar a órdago. Y corremos el riesgo de que cuando un bastardo llega a juez -sí, también hay jueces bastardos- considera que su ámbito de competencia es el mundo mundial, es decir, el universo. Y de la misma forma no creo en la globalización económica mientras no se igualen las condiciones salariales de todos los países que participan en el libre comercio mundial (porque provoca injusticias), tampoco creeré en el derecho internacional mientras no nos pongamos de acuerdo sobre cuáles son los derechos del hombre.

Eulogio López

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