Ante las elecciones del 20-N ya hay quien celebra la subida del alcalde Ruiz Gallardón al Gobierno, probablemente en calidad de ministro del Interior. Según esas fuentes, ha triunfado la derecha progresista y ha perdido el Tea Party que personifican en Esperanza Aguirre.

La verdad es que ni uno ni otro presentan lo mejor del 'Tea Party': es decir, la creencia en una serie de principios, cristianos, no negociables. Ambos han fomentado el aborto en Madrid, por ejemplo. Pero me quedo con la imagen: derecha cavernícola Aguirre; derecha progre Gallardón.

Ahora bien, quienes así hablan o escriben pretenden castigar un pretendido nacional-catolicismo o, sencillamente, la influencia de la moral católica en el foro público.

Pues a ver si nos entendemos. La moral cristiana no es sino la moral natural y sin ella desaparece el mundo. La ideología católica es la más adecuada, la más justa, para mejorar el orden político, porque considera que el hombre es sagrado en cuanto hijo de Dios y como tal debe ser tratado. La Iglesia, en suma, es genial para la política. Ahora bien, no es existe la política católica porque Dios nunca se deja utilizar como medio, tampoco para objetivos nobles. El cristianismo no sólo es la más grande cosmovisión que hay sido inventada jamás -que lo es- sino que consiste en amar a Cristo y, por él, a los hombres. No es un qué, por muy glorioso que sea, es un quién.

Por tanto, el cristianismo como moral sirve de poco, como ideología de nada. Ilumina a ambas ciertamente, pero no busquen políticos cristianos. Más bien busquen cristianos metidos en política, que no es lo mismo. No sé por qué, pero creo que las interpretaciones sobre el ascenso de Gallardón y el estancamiento de Aguirre precisaban esta aclaración: ¿Son Gallardón y Aguirre políticos católicos? Ni lo sé ni me importa. ¿Su actividad política está enraizada en principios cristianos? ¡Ni de coña!

Eulogio López

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