Fe y Alegría: "porque los pobres no tienen que tener una pobre educación".

"Había una vez un Jesuita, el padre Velaz, que daba clases en una Universidad de Caracas. Un día acudió junto a otros jóvenes a ayudar a construir una casa para una familia sin recursos. Tenía dotes para muchas cosas, incluida la albañilería. Un joven carpintero le recriminó que perdiera su tiempo en semejantes actividades. Le ofreció el segundo piso de su casa, y le dijo que si de verdad quería ayudar a los más necesitados debería construir una escuela para que, tanto los hijos del carpintero como los de otras personas, pudieran recibir una educación. "¿Y dónde la instalamos" -dijo él-. "Muy fácil", respondió el carpintero, "en el segundo piso, encima de mi carpintería".

Fue la primera escuela de Fe y Alegría, un Movimiento Internacional de Educación Popular Integral y Promoción Social que hoy opera en 19 países y 3 continentes.

La historia no es un cuento. Nos la relata el padre José Ramón González Écija, S. J., un hombre que lleva más de 30 años en Perú, a pie de campo, y a quien todos llaman allí Moncho. El sacerdote afirma que "integrar la labor pastoral y educativa, hacer patente la presencia de Dios a través de la parroquia" se hace presente con una "ternura tremenda en la que vislumbras todo el potencial de las personas".

Gracias a un programa de inversión social en Perú, desarrollado durante diez años, en colaboración con los jesuitas, más de 130.000 personas sin recursos se han beneficiado de una formación de calidad.

Fe y Alegría, uno de cuyos lemas es "Donde termina el asfalto, donde no gotea el agua potable, donde la ciudad pierde su nombre", tiene 80 escuelas en Perú, de norte a sur, y de oeste a este, desde el Barrio del Agustino en Lima, donde el hacinamiento y la exclusión social son sobrecogedoras, hasta Tacna Ilo, desde Cuzco a la selva. Hay pequeñas escuelas en Llamacaenza, en Iquitos o en Piura, "donde los niños son trabajadores y, como no podemos apartarles del trabajo -porque sus familias los necesitan para sustentarse-, tenemos un comedor donde pueden alimentarse por 10 ó 20 céntimos, así como duchas y agua caliente. Y de estas ventajas pueden beneficiarse tanto los niños como los miembros de la Comunidad en muchas escuelas", puntualiza Moncho.

Gracias al programa de inversión social de Inditex, desarrollado durante 10 años en colaboración con la Fundación Entreculturas, de los Jesuitas, y que da soporte a Fe y Alegría, más de 130.000 personas han recibido educación técnica, atención psicosocial, fomento de actividades culturales y deportivas, y se ha articulado el trabajo en red entre las distintas instituciones que atienden a la infancia y a la juventud.

Es importante, señala Javier Urrecha Castillo, responsable desde 2006 de los grandes programas de financiación privada en la Fundación Entreculturas, "establecer programas de ayuda a largo plazo entre las empresas y las ONGs. Tiene que haber una línea definida y una confianza si se quiere conseguir un verdadero impacto en los logros, en este caso la mejora de las condiciones educativas, porque los pobres no tienen por qué tener una pobre educación".

Gracias a estas ayudas se han creado guarderías, centros de educación a distancia, y ya hay pequeñas empresas en lugares donde no había ni escuela: "Hay casos emocionantes, como el de doña Josefa -conocida como Chefa-, una señora que no sabía leer ni escribir y aprendió de mayor, que aparece en un emocionante documental".

Fe y Alegría trabaja con otras órdenes religiosas en toda Hispanoamérica: Esclavas, Sagrado Corazón, Salesianos, La Salle, Jesús y María, que aceptan la ayuda de religiosos y laicos.

Fe y Alegría, fundada en 1955 por el Padre Velaz, es una ONG de la Compañía de Jesús, cuyo lema es "Donde termina el asfalto, donde no gotea el agua potable, donde la ciudad pierde su nombre".

Son 5.000 las personas que trabajan con ellos en Perú, y de ellas tan sólo hay 80 contratadas. "El voluntariado es muy importante -afirma Javier Urrecha- porque se nos han cortado todo tipo de ayudas; dependemos de la colaboración de las empresas". El Estado paga a los profesores y Fe y Alegría pone las aulas, el mobiliario y la capacitación permanente de los profesores mediante programas de colaboración empresarial.

Este movimiento educativo ha conseguido grandes titulares en la prensa de Perú, de los cuales habla orgulloso el padre Moncho: "Las Irlandesas tienen un colegio en Jicamarca, uno de los anclajes de Sendero Luminoso. Vivieron situaciones de pánico. En dos ocasiones les dijeron que salieran corriendo, y ellas, volvían, se iban, y volvían de nuevo. No ha habido quien las echara de allí. Ese colegio ha sido declarado el mejor de todo Lima".

Una Escuela de Fe y Alegría en Perú antes y después de su remodelación.

 

En la Universidad Católica de Lima, una de las mejores de América, que otorga becas a los alumnos de la institución educativa, el porcentaje de alumnos situados en el primer tercio de calidad -procedentes de centros de Fe y Alegría- ronda el 60%.

Los colegios de la institución, literalmente, echan humo, con dos turnos para atender a más de 85.000 alumnos, y aun así han conseguido un porcentaje de calidad que los sitúa un punto y medio por debajo de los colegios privados de élite.

Los 80 colegios católicos de Fe y Alegría en Perú han conseguido una valoración tan sólo un punto y medio por debajo de la de los centros de pago.

¿Cuál es el secreto para conseguir semejantes resultados? ¿Qué tienen en común los estudiantes de los Jesuitas en ICADE o en la Universidad Católica de Washington con los niños que estudian en las pequeñas escuelas rurales de Perú?

Javier Urrecha lo explica así: "Lo que tienen en común es un compromiso social, ya sean jugadores de fútbol, presidentes de Gobierno o trabajadores en un taller. Son hombres y mujeres formados para vivir para los demás... extirpar de sí mismos el egoísmo, y vivir bajo los criterios de mayor fruto, mayor necesidad y bien más universal".

Muchos de los niños y jóvenes, pertenecientes a las clases más desprotegidas, acaban siendo profesores en los mismos centros o cursan estudios superiores en la Universidad.

El padre Moncho considera que el secreto de lo que aportan a la educación estriba en "una base humanística muy fuerte, con atención a la lingüística, la literatura, la música; cuidar sobre el concepto del pensamiento y dar espacio y lugar a la creatividad". Se trata, añade, de algo "que parece no estar de moda cuando ahora prima el valor de las ciencias. Hay que aprender a pensar, ante todo, para rendir en cualquier ámbito". Y añade: "Nosotros nos negamos a dar las clases sólo en inglés. Aunque nos lo pidan. Nuestra educación es en castellano, y esto no es óbice para que demos buenos conocimientos en la lengua inglesa".

El colegio de Jicamarca, construido en Lima, en uno de los viejos anclajes de Sendero Luminoso y donde imparten clase las Irlandesas, está considerado el mejor de la capital.

No quieren parecerse, afirma el sacerdote, a esos "colegios exitosos, americanos y alemanes", aunque respetan la multiculturalidad y las lenguas de un país donde se habla el quechua, el aymara y el aguaruna, y sus profesores son bilingües o trilingües cuando es necesario. "La riqueza de este país es tremenda; es un enredo de razas y colores que refleja muy bien el libro Todas las sangres, de José María Arguedas. ¿Qué se puede esperar de un país con la mejor gastronomía del mundo por su enorme variedad?", concluye el padre Moncho, enredado en su contagioso entusiasmo y su entrega por el pueblo peruano.

Sara Olivo

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