¡Que tenga yo que defender al Partido Popular! O sea, lo del gitano que quería vender un burro rebelde: "¡Qué tenga yo que decir que tú eres güeno!". El debate más esperado. 

El mejor reflejo de la clase política española, esa que no llega al aprobado, es Rosa Díez (en la imagen), un personaje -y esto es lo grave- que navega muy bien en las encuestas. En un momento del debate dejó de hablar y retó con la mirada, al modo de los macarras, a Mariano Rajoy. Tanto tiempo se mantuvo el silencioso desafío óptico  que el propio presidente de la Cámara, Jesús Posada, se vio obligado a recordarle que se le acababa el tiempo.

Si Rosa Díez es la esperanza de la política española yo me nacionalizo congoleño. El jacobinismo no tiene ideas, sólo rencores.

Por lo demás, Rajoy no respondió a las acusaciones de Bárcenas sobre corrupción. Bueno sí, negó que hubiera cobrado sobresueldos en B o que el PP se hubiera financiado de forma ilegal, pero se conformó con asegurar que siempre había cumplido con sus obligaciones fiscales.

En cualquier caso, nadie en la cámara quiere apostar por unas normas contra la corrupción que modificaran la situación. Señal de que buscan lo que buscan, no el bien común.

Porque en este caldo de cultivo lo único que podemos esperar es lo que ocurrió en el debate la mañana del jueves es que la abortera obsesiva Rosa Díez nos dé lecciones de moral o que el representante de los proetarras independentistas nos diga que todos los españoles somos corruptos.

Y lo de siempre: la peor corrupción del PP no es el cobro de sobresueldos sino la corrupción ideológica: el PP de Rajoy es un partido de origen cristiano que se ha vuelto tibio y cobardón. Esa corrupción sí que es preocupante.

Eulogio López

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