Esta es la historia de la idiosincrasia española. Dialogo en la Universidad Menéndez Pelayo entre un venezolano y una sevillana, participantes ambos en un curso de verano del centro cántabro. Él es un joven profesor que lleva cinco años en España con el firme propósito de no volver a su país hasta que caiga Hugo Chávez (recuerden: es pecado desear la muerte de alguien pero no desear que se vaya al Cielo). Ella es una estudiante cuya vestimenta de marca me advierte que no procede de la Dehesa.

Mi compatriota no cesa de pedir perdón por el genocidio hispano en tierras iberoamericanas: algo horrible. Para mi sorpresa, es el venezolano quien responde que algo bueno debieron hacer los conquistadores en América cuando seguimos siendo la referencia de tantos hispanos, además de su puerta de entrada a Europa.

Pero la conversación pronto se centra en el caudillo Chávez. El venezolano explica que él daba clases en un colegio alemán, seis veces el salario mínimo, pero no le daba para pagar un piso ni formar un hogar. De hecho, vivía en una habitación compartiendo servicios comunes con otras cuatro personas.

Pero a nuestra compatriota no le importa eso: asegura que Chávez ha puesto firmes a los bancos y apela a un argumento definitivo: en Venezuela no hay preferentes. Hay que reconocer que, si no hay preferentes, todo va bien.

Nuestro venezolano se refugia en argumentos prosaicos: "Yo quiero un país en el que puede formar una familia y en el que sepa que puedo dar de comer a mis hijos todos los días, y en el que pueda enseñar a mis alumnos otra cosa que adoctrinamiento". ¡Será materialista, el tío!

La cosa marcha. El argumento de la experiencia no hace mella en su contertulia. De hecho, la sevillana empieza a sospechar que el aire mestizo del caribeño esconde un reaccionario tercermundista. "Además -asegura nuestra analista nacional- allí hay seguridad".

El inmigrante se molesta: "¿Seguridad? Yo paseo sin miedo por cualquier ciudad española. Pero si conocieras Venezuela, tendrías muy claro a lo que te arriesgas en muchas zonas de Caracas y no digamos fuera de la capital. Y si me pasa algo y me defiendo, me pueden encerrar, y una cárcel venezolana es lo más parecido al infierno".

Pero nada puede convencer a la última proletaria. Su conclusión es ésta: "Es cierto que a Chávez le pierde el folclorismo, pero es un hombre que se preocupa de los necesitados y que le hace frente al sistema, no como aquí, donde manda el sistema".

Y ya ven, el venezolano ha huido a España pero nuestra sevillana, ataviada con ropa de marca, y a pesar del benéfico caudillo bolivariano, no parecía albergar la menor intención de residir en Venezuela.

No, esto no es la España cainita, es la España idiota.  

Eulogio López

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