La reforma sanitaria no es del Gobierno Rajoy sino del Gobierno madrileño, pepero, de Ignacio González (en la imagen), que no es el favorito de Rajoy. Moncloa observa y espera. Si la cosa va bien la generalizará. Si no, será una derrota de González, que no del Gobierno. No olvidemos que la oposición, como se ha encargado de recordar Gaspar Llamazares, considera que la Sanidad puede constituir la tumba del Gobierno Rajoy. Y no les falta razón: la mayoría de los médicos votan al Partido Popular.

¿En qué consiste esa reforma? En privatizar la gestión manteniendo la asistencia sanitaria universal. El hospital sigue siendo público pero lo gestiona una empresa privada. ¿Eso es privatizar? Pues hombre, no en cuanto a que no cambiar la propiedad ni se modifican las prestaciones. El ejemplo es la Fundación Jiménez Díaz de Madrid, gestionada por la multinacional CAPIO, nacida en Escandinavia e instalada en Reino Unido: el centro no funciona mal, ofrece los mismos servicios que un hospital gestionado por el Estado y le sale mucho más barato a éste. Algo parecido a lo que ocurre con la educación privada concertada: es de más calidad que la pública, le sale más barata al contribuyente -mucho más barata, menos de la mitad- y encima es la que quieren la mayoría de los padres de familia.

¿Dónde está la clave? En que el funcionario trabaja poco. La medicina pública española es muy buena, pero muy cara. La educación pública española es mala y es cara.

No hay manera de hacer trabajar al funcionario sanitario y no es probable que lo consiga una empresa privada pero esa prescinde de todo aquel que no es funcionario y obliga al empleado público a trabajar más. El ejemplo clásico es el del médico que hace lo justo en el hospital o ambulatorio privado, y luego aumenta sus ingresos en el sector privado, al que dedica más tiempo y más esfuerzo.

Por tanto, ¿hay que apoyar la reforma sanitaria del presidente madrileño Ignacio González? Sí... pero con condiciones.

La condición es que no sean oligopolios privados, especialmente extranjeros, los que se hagan con la gestión. Esos oligopolios tienen tendencia a dos cosas:

1. A comportarse como oligopolistas... como su mismo nombre indica.

2. A apalancar sus prestaciones creando una burbuja financiera.

En resumen, vuelvo a lo mismo: el Estado es malo, no sólo porque es público, sino porque es grande. Las multinacionales de la Sanidad no son públicas, pero son grandes.

Por tanto, apoyo la reforma sanitaria del Gobierno González siempre que se reparta entre muchos pequeños, no entre pocos grandes, y siempre que se prohíba utilizar las concesiones para arruinar a los proveedores y para apalancar esas prestaciones.

Sería importante que la gestión de los hospitales y centros de salud públicos fueran a parar a empresas medianas y españolas. Porque desde Londres o desde París o Nueva  York lo único que se mira es la cuenta de resultados, no al enfermo.

Eulogio López

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