Los mercados financieros no sólo son el acabóse de la codicia y del parasitismo de la economía real sino, sobre todo, son el no-va-más de la irracionalidad.

Un informe de Morgan Stanley dice que la economía mundial pasará del 4,2 previsto al 3,9 y el mundo entero, representado por el aún más irracional sector mediático, habla de recesión. Que yo sepa, recesión es decrecer, no crecer menos. ¿Suele equivocarse Morgan Stanley? Nueve de cada diez veces, al igual que el resto de los bancos de inversión.

Es igual, los economistas tienen la virtud de equivocarse todos juntos y en la misma dirección. Apenas 24 horas después, JP Morgan echa una mano agorera a su par y habla de recesión. Entonces el pánico se generaliza. ¿Es que nos hemos vuelto todos idiotas o sufrimos de enajenación transitoria?

En cualquier caso, lo que sí está claro es que andamos en crisis permanente. El desastre comenzó en Estados Unidos, en agosto de 2007 con las hipotecas basuras. El desastre consistía en una burbuja financiera planetaria. Desde entonces no hemos hecho otra cosa que caminar en dirección opuesta a la que aconsejaba la cordura: seguir hinchando la burbuja, aumentando la liquidez en el mercado -liquidez que nunca llega a las empresa aunque por otros motivos- y, poco ello, la especulación. Llevamos cuatro años de crisis y cuatro años de insensatez.

Hablando, no de la economía española, dirigida por el mayor de los insensatos, sino de la economía mundial, lo que está claro es que, llegados a este punto, para salir de la crisis hay que optar por uno de estos dos caminos: o sufren las rentas de trabajo o sufren las rentas del capital. Personalmente prefiero que sean éstas últimas.

Y, de cara a la política económica de todos los países inmersos en crisis, también habrá que optar por una de esas dos vías: o apostamos por salarios o apostamos por subsidios públicos. Yo apuesto por lo primero. Lo otro no podía calificarse de política cristiana.

Eulogio López

[email protected]