Ya lo dijo Rubalcaba, antes de caer en depresión demoscópica: "Endeudarse no es de izquierdas. Si lo fuera, Gallardón sería de la Liga Comunista Revolucionaria".

Y años atrás, cuando el próximo diputado, probable ministro del PP, llegó al Ayuntamiento de Madrid, julio de 2003, recibió otra bronca desde sus propias filas, a cargo del entonces vicepresidente económico, Rodrigo Rato. Y es que Gallardón es propenso a endeudarnos a sus administrados aunque, eso sí, a cambio, nos fríe a impuestos. Nada más llegar subió el IBI, el impuesto municipal más importante, un 40%, al tiempo que potenciaba las multas y sanciones de tráfico con gran entusiasmo. Rato le advirtió que "el PP no sube impuestos, los baja". Entonces, don Alberto, un poco llorón, volvió a quejarse del maltrato al que era sometido desde sus propias filas.

Sí, es verdad que ha endeudado a Madrid por dos generaciones y que ha encarecido la vida en la capital pero, a cambio, nos ha regalado casi dos legislaturas con la ciudad convertida en una trinchera, donde, como explicara el actor Danny de Vito, durante una visita a Madrid: "Esta ciudad será muy hermosa cuando el alcalde encuentre el tesoro".

Gallardón pasa por ser el mayor tiralevitas de toda la política española, a pesar de que en este torneo se enfrenta a conspicuos competidores. Pero comparte este talento con su experiencia en traiciones. Por ejemplo, conseguir que Ana Botella, la mujer de Aznar, hiciera un master en política en el ayuntamiento. Lo más probable es que le ceda el sillón de alcaldesa sin pasar por la urnas, ciertamente, pero eso sí, con un Ayuntamiento quebrado.

Hombre de convicciones firmes, por la mañana casa gays y por la tarde dobla el lomo -demasiado Alberto- ante el Papa Benedicto XVI. No se pierde una celebración religiosa pero para que haya más sitio en los templos evita la superpoblación, especialmente la indígena: el Ayuntamiento de Madrid se ha convertido en el mejor cliente de las multinacionales Bayer y Chiesi, fabricantes de la Píldora del Día Después (PDD): los dispensarios municipales se han especializado en ofrecer este tipo de píldoras abortivas a adolescentes con un espíritu liberal y tolerante.

Contra él se ha levantado una campaña de calumnias en su propio partido porque un grupo de resentidos maliciosos le acusan de utilizar al partido para hacer su propia carrera política. Por ejemplo, desde sus propias filas se le acusa -un infundio, naturalmente- de haber cedido Telemadrid a los sindicatos para que masacraren al PP mientras le dejaran tranquilos a él. Oiga, y los sindicatos cumplieron su palabra, lo que demuestra que Gallardón es hombre capaz de establecer pactos con el adversario político, dentro de un sabio espíritu de consenso.

Por lo demás, el alcalde se ha mostrado como un dinamizador de la economía. Por ejemplo, hizo un permuta de terrenos con su amigo, el presidente de ACS, Florentino Pérez, en un justo y equitativo reparto de intereses: Florentino dio un pelotazo mundial que le valió su conquista más lograda, la Presidencia del Real Madrid, y los madrileños obtuvimos unos terrenos en un páramo del extrarradio, además de cerrar una de las vías aéreas de entrada al aeropuerto de Barajas con cuatro rascacielos a los que los adolescentes capitalinos más groseros califican como los cuatro penes de Madrid.

En el ámbito internacional el re-fichaje de Rajoy es un monstruo: un día tuvo una corazonada -que las lenguas miserables calificaron como cabezonada- y quiso convertir a Madrid en ciudad olímpica, con el noble fin de relanzar la especulación inmobiliaria en la capital de España. Desgraciadamente, las asechanzas de la ultraderecha -no sé si lo saben, pero Gallardón es progresista- le hicieron fracasar.

Pues bien, este es el gran fichaje del PP para las generales del 20-N, con lanzadera ministrable incluida. Ahora la pregunta es: dado que el rey de la derecha moderna no se va a conformar con un cargo ministerial sino que aspira a la Presidencia, ¿cuánto tardará en traicionar a Rajoy?

Eulogio López

[email protected]