Conocer la verdad es un anhelo radical del corazón del hombre, por ser inteligente y libre. ¿Qué es la verdad Aquello que nos conduce a la libertad. La verdad alcanzada compromete al hombre, que debe adherirse a la misma y ordenar la vida según esa verdad.

La condición humana encierra la grandeza y la miseria de poder decidir libremente, si acepta o rechaza la verdad que ha encontrado.

Enfrentarse a las verdades, no negociables, es difícil y se puede caer en el relativismo, al negar que no hay leyes inmutables, valores intangibles o derechos inalienables.

El ser humano se erige en la medida de las cosas olvidando que la libertad depende de la verdad, que es más atractiva que la mentira. Lo auténtico, lo genuino, lo transparente son valores muy apreciados en estos tiempos. Por lo tanto, adherirse a la verdad y proclamarla enaltece a la persona porque la hace partícipe de la libertad de los hijos de Dios.

El Catecismo de la de la Iglesia Católica afirma que la mentira es una violencia a los demás, atenta contra su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. La mentira es funesta en toda sociedad, socava la confianza entre los hombre y rompe el tejido de las relaciones sociales.

La veracidad debe ser total: una verdad a medias se puede calificar de mentira. Por otra parte, nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla.

El derecho al honor también es muy importante. Tomás de Aquino afirma que "despojar a otro de la buena fama es, ocasionalmente, un homicida por cuanto que sus palabras dan a otro la ocasión para odiar o despreciar al prójimo".

La verdad tarde o temprano se impone por sí misma.

Albert Einstein (en la imagen) escribió en el Time Magazine: "Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania miré con confianza a las universidades sabiendo que siempre se habían vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades, fueron acalladas.

Entonces miré a los grandes editores de periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas.

Sólo la Iglesia Católica permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad. Antes no había sentido ningún interés personal por la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia Católica ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente".


Clemente Ferrer

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