Lo primero que se deduce del ya llamado Caso Pujol, o presunta corrupción de la familia Pujol, es que nunca debes dejar plantada a la novia, porque se cabrea y luego le cuenta al juez los billetes que te llevabas a Andorra, país soberano que asegura no ser un paraíso fiscal pero lo disimula muy bien.

Nada hay peor que el empleado despedido o la mujer despechada y si se unen ambas condiciones, entonces, muchacho, pierde toda esperanza.

Lo sorprendente del Caso Pujol es que surja, miren ustedes por dónde, cuando los nacionalistas han enloquecido y hasta los moderados de CIU buscan la secesión de España. Que los hijos de don Jordi y doña Marta sentían tanto amor por Cataluña como por el euro, era algo sabido en todo Madrid y, particularmente en Barcelona y comarcas adyacentes. Sin embargo, ha sido ahora, precisamente ahora, cuando ha estallado, no el escándalo, sino los escándalos.

Miren ustedes: uno cree en las coincidencias pero no en las casualidades. Ahora bien, mi corazón anda repartido. Es cierto que hay que acabar con la corrupción política pero, al mismo tiempo, hay políticos, me temo que casi todos, que sólo utilizan la corrupción como arma política contra el adversario. Es más, estoy convencido de que muchos de los denunciantes están convencidos de su propia honradez lo que, con todo respeto, cualquier psiquiatra calificaría de patológico.

La política española se ha convertido en una guerra de dossier, lo cual resulta bastante repugnante. Se dice que José Bono vive tranquilo, porque en su época de ministro de Defensa acumuló informes sobre amigos y enemigos. No sé si es cierto, pero todo esto tiene poco que ver la justicia y mucho con la venganza y la autodefensa.

En cualquier caso, la familia Pujol puede ser perseguida y debe esclarecer sus cuentas. Si son corruptos, paguen su deuda. Si no lo son, y han sido víctimas de una calumnia, persígase a los perseguidores.

Ahora bien, esto no es lo que se ventila en Cataluña. Artur Mas (en la imagen) pretende instaurar el derecho a decidir. Eso sí, siempre que oigo hablar de derechos me da la impresión de que se está intentando concluir un derecho. Es claro que el sujeto a decidir sobre si Cataluña se separa de España es el conjunto de los españoles, no sólo los catalanes. Pero, a más a más, me preocupa esa reiteración que apesta a hipocresía: todos los derechos son derechos a decidir libremente. Ahora bien: ¿quién, el qué

La primera vez que se empleó eso del derecho a decidir fue en Estados unidos, y se refería al sorprendente derecho de una madre a matar a su hijo no nacido. Y es evidente que el derecho a asesinar no existe.

¿En Cataluña Más valdría tender puentes entre Madrid y Barcelona, en lugar de dinamitar los ya existentes.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com