Es curioso que todos los niños que me escriben, enseguida caigan en la cuenta de quién es Aslan en realidad y que los adultos, por el contrario, no lo hagan nunca". Al día siguiente de escribir esta carta, un 22 de noviembre de 1963, Clive Lewis moría en su casa de Oxford.

Su destinatario se llamaba Phillips, y se trataba de uno de los chiquillos que escribía al autor de Narnia y a los que éste respondía empleando buena parte de su escaso tiempo, a pesar de ser uno de los autores más reconocidos de Gran Bretaña, el amigo de C.S. Lewis, el autor de Cartas del Diablo a su sobrino.
Esa batería de mensajes postales ha sido recopilada por Encuentro, la editora de Comunión y Liberación, en un delicioso volumen titulado "Cartas sobre Narnia".
Y el libro merece la pena. Lewis asegura que "Los niños entienden lo que los adultos ignoran". Se tomaba su tiempo, ayudado por su hermano Warren, en responder a la chiquillería, a la que trataba con más respeto que a un duque. En lugar de despreciar al lector, como muchos cretinos que sabemos que menos que él y que utilizamos al público como clientes, Lewis no dejaba carta sin responder. Para muchos escritores y periodistas, el lector o el telespectador, o el oyente, o el internauta no es sino el encargado de aplaudir nuestras profundísimas máximas. Sin embargo, para otros, para los realmente grandes, para Lewis, el lector es el protagonista, el jefe, es el receptor que merece más respeto que el emisor. Porque si no merece más respeto que tú, ¿para qué puñetas publicas lo que escribes? Para aquel áspero irlandés que era Lewis, los niños eran la cosa más seria del mundo.
Y estamos hablando de Clive Staples Lewis, perteneciente a los escritores conversos británicos, pensadores del Grupo de Oxford, el más importante movimiento cristiano de la era contemporánea, que naciera con el cardenal Newman y, pasando por Chesterton y Belloc, llegar a Tolkien y Lewis.
Nos dejó varias joyas. En ficción, las siete crónicas de Narnia. Los niños comprendieron Narnia mejor que los adultos, porque los chavales aún no han tenido tiempo de convertirse en pedantes y aún por una segunda razón.
Si la liturgia no es innovación sino repetición solemne, la literatura no consiste sino en contar las mismas historias sobre el origen y el destino del hombre sólo que de distintas formas y ubicándolas en distintas circunstancias de espacio, tiempo. Pero son las mismas. El escritor pedante, como el artista pedante, busca crear un nuevo mundo pero el problema es que el hombre no puede crear, tarea destinada en exclusiva al Creador, sino recrear. La literatura consiste en la reproducción solemne de las viejas ideas, que no sólo son las verdaderas: son las únicas ideas posibles. Y siempre nos gusta conocerlas de una forma distinta. Guareschi, un escritor nada pedante, va más allá, o más acá, y considera que sólo existe una idea que es como una enorme sala oscura. Cada hombre, cada artista, enciende su lámpara, que ilumina una parte diminuta de la gran idea. Seguro que no yerra.
El hombre no inventa, descubre lo ya inventado. El artista no crea, recrea lo ya creado, por lo general, como afirmaba Guareschi, la idea de la eterna grandeza del creador.
El verdadero arte se repite siempre pero nunca aburre, porque descubre un nuevo aspecto de las maravillas de Dios. El que presume de creativo es el pedante, el marienista, el rebuscado. Ése sí que resulta verdaderamente insoportable.
Lewis, un converso desde el ateísmo militante al cristianismo, le salvó su obstinado deseo en ser feliz. Y como la felicidad consiste en tratar a Dios, no fue feliz hasta que no encontró a Cristo. A partir de ahí, se dedicó a contar la vieja historia de la creación, la redención, la paternidad divina y la misericordia de Dios y en la vida eterna.
Consiguió muchos adeptos, ente ellos yo, que me reconvertí tras una crisis de fe juvenil leyendo Cartas del Diablo a su sobrino, en la Pamplona de la Transición.
Lo hizo en muchas obras, pero yo destacaría cuatro logros de recreación verdaderamente insuperables: Cartas del diablo a su sobrino, La abolición del hombre, Las crónicas de Narnia y Mientras no tengamos rostro. He tenido ocasión de comprobar que este libro -que en manos de cualquier pedante sería una mezcla de morbo y pornografía, porque los pedantes no ven más allá de sus narices- he comprobado que gusta mucho a las mujeres. Se ve que la especial sensibilidad femenina para hacer la radiografía del amor, les sirve para percibir, sin necesidad de concluir, que los dioses nos son tan lejanos como próximos.
Los siete libros que componen Las crónicas de Narnia son una historia de la Redención. Los niños lo captan en seguida, porque los niños, para suerte suya, no han perdido el sentido del pecado. Por eso son más libres.
De Cartas del Diablo a su sobrino sólo diré que ha resultado, para varias generaciones, el mejor y más inteligible manual para superar todas esas encrucijadas muy simples y muy complicadas que ha tejido la humanidad, empeñada en borrar las fronteras entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira, hasta ignorar sus propios contornos.
La abolición del hombre, obra mayúscula de la filosofía contemporánea, ataca a la modernidad es su médula: el liberalismo. Ni se preocupa Lewis en refutar el relativismo. Simplemente, demuestra cómo ese nihilismo bobalicón, que constituye la marca de nuestro tiempo, se ha convertido en un ácido que terminará, no con la moral, sino con el hombre mismo.
Cuatro joyas para un autor cuya principal ocupación en la recta final de su vida, muy zurrado ya por cien achaques, consistía en tomarse la molestia de contestar a los chavales que le escribían y mantener con ellos una relación epistolar a la que ahora tenemos el privilegio de acceder.
Eulogio López
[email protected]