"Nunca me he sentido solo", es la frase que han recogido los medios como resumen de las últimas palabras de Benedicto XVI (en la imagen), en su última Audiencia como Pontífice. Y no es mal resumen, pero no conviene olvidar la continuación: "El Señor siempre ha estado conmigo". Ni conviene olvidar el epílogo: su repetida petición a los fieles de que recen por los cardenales que van a elegir al nuevo Papa. Y a todo ello, sumen las palabras, precisamente en lengua española, sobre la doble petición final de Joseph Ratzinger: confianza en Dios -la clave de toda la última etapa de su Pontificado- y, relevante en un Papa de apariencia más petrina que mariana, una insistente petición, precisamente pronunciada en español, en la mañana de este histórico miércoles 27 de febrero: que los fieles tengan muy en cuenta a María, Virgen y madre, constituida en la piedra angular de esta etapa de la Iglesia y de la humanidad.

Es el testamento del Papa alemán: confianza y abandono en Cristo -el mensaje de Santa Faustina Kowalska, el apóstol de la Divina Misericordia, anonada por Juan Pablo II- y el amor a la Madre del Redentor, consuelo y auxilio de los creyentes.

Ahora no se pierdan este artículo -tranquilos, traducido- del periódico italiano La Stampa. Les va a sorprender, porque no es sectario ni cristófobo. La obsesión anticlerical, rabiosa y sectaria es patrimonio de los medios sólo en la católica España.

En pocas palabras, lo que el articulista de La Stampa viene a decir es que Benedicto XVI ha sido el Papa que más obispos ha cambiado en menos tiempo. Muchos por razones de edad pero otros muchos porque no eran dignos del cargo. Con la caridad discreta que emplean los santos, el Papa germano ha tenido un trabajo hacia dentro, lo contrario que Juan Pablo II, que miró hacia fuera según su mandamiento de ahogar el mal en abundancia de bien. Wojtyla restauró el cuerpo doctrinal: un Papa que publicó el nuevo catecismo de la Iglesia católica, en cuya elaboración, no se equivoquen, Ratzinger fue el coordinador principal. Pero a Benedicto XVI retocó la reforma interna de la Iglesia. Digamos que Juan Pablo II se preocupó más de la herejía y Benedicto XVI del cisma. Es decir, las dos termitas de la Iglesia.

No se engañen, cuando se trata del Cuerpo Místico los males siempre están dentro. O, al menos, los peores males.

La Stampa nos informa de la "silenciosa limpieza de Benedicto XVI". Para ser exactos: "Desde abril de 2005 hasta la fecha han dejado su puesto 77 obispos, un promedio de uno cada 36 días". Y mejor no hablamos de religiosos, congregaciones dadas a la majadería, movimientos empecinados en chifladuras y hasta fundadores endemoniados. Una labor de limpieza que ha resultado agotadora y que le ha granjeado todos los enemigos del mundo, especialmente dentro del cuerpo eclesial.

No me extraña que esté exhausto, porque el enemigo que tienes enfrente puede ser temible, pero el que tienes detrás es sencillamente extenuante. No voy a decir que Benedicto XVI haya sido un Papa mártir de los curas pero a veces me dan ganas de hacerlo. Y ahora esperamos otro Papa mártir, porque la tarea no ha concluido. En los últimos tiempos se ha repetido mucho una frase impactante: "obispo contra obispo". Pues eso.

Eulogio López

[email protected]