Dios no existe, la Iglesia es un infundio, el Papa una figura patética y los cristianos unos disminuidos mentales. Entonces, ¿por qué puñetas la renuncia del patético se ha convertido en lo único, no lo más, lo único, que despierta la curiosidad y el interés de toda la humanidad Oiga, no se habla de otra cosa.

Claro que se dicen muchas chorradas. Por ejemplo, como a enemigo que huye puente de plata, el saliente Benedicto XVI (en la imagen) ha pasado de inquisidor a ese buen hombre, más bien débil, de la escuela Juan XXIII, al que todo el mundo ha hecho la cama en el Vaticano porque era demasiado bonancible para tamaño club de sierpes.

De hecho, ha dimitido porque había redes de homosexualidad, proxenetismo (éste es hijo de aquélla), narcotráfico, blanqueo de dinero (recuerden el IOR). Luchas de poder, confabulaciones, conspiraciones y demás ones.

Al igual que la revista de la Compañía de Jesús, en Hispanidad defendemos que ninguno de estos escándalos del pasado traídos al presente es el motivo de la renuncia de Benedicto XVI. El Papa ha renunciado porque no le gustaba nada el panorama que contemplaba y porque el pecado del hombre -los de la Curia y los del resto de la humanidad- ha alcanzado unos niveles de corrupción más que preocupantes, en un mundo alejado de Dios. Sigo creyendo que el Papa ha renunciando porque se acaba el tiempo de la misericordia divina y llega el tiempo de la Justicia de Dios.

Tiempos, que son tiempos divinos, no humanos ni periodísticos.

No intento forzar las palabras del Papa, me atengo a ellas. Así, el 13 de mayo de 2010, en Fátima, Benedicto XVI, al que se considera un racionalista (y lo es, hasta el mismo lo comenta, jocoso), decía lo siguiente: "El hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y de terror que no logra interrumpir". Hasta aquí el diagnóstico y luego la profecía que en boca de un cristiano no es otra cosa que oración, petición al Creador: "Que estos siete años que nos separan del centenario de las apariciones impulsen el anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María para gloria de la Santísima Trinidad".

Pero no se me lancen: eso no significa que el juicio de las naciones llegue en 2017. Porque, preguntado por el famoso tercer secreto de Fátima, Benedicto XVI lo explica como el sabio-santo que es: "En el mensaje de Fátima hay que distinguir dos cosas…".

En plata: lo que menos importa es el cuándo y el cómo, lo que importa es el qué. Asegurar que el fin del mundo, o el juicio de las naciones, o el final de la historia, o lo que ustedes quieran, ocurrirá no se sabe cuándo es una tontería porque eso no lo sabe ni tan siquiera el Hijo, sólo el Padre. Cristo no nos lo dijo y, por tanto, no debemos meternos a augures. Pero lo que sí está claro, lo dice alguien tan 'racionalista' como Benedicto XVI, es que el hombre, como aprendiz de brujo, ha generado, con su alejamiento de Dios, una "corriente de terror y muerte".

"Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima se ha acabado". Por tanto, yerra quien pretende ponerle fechas a la Providencia y yerra quien interpreta la renuncia de Benedicto XVI en clave política, a causa de unas conspiraciones tan complicadas que no hay manera de saber quién conspira y quién es conspirado. Vamos, como las que suenan en El Mundo y El País, por decir algo.

Lo que sí es cierto es que la modernidad -esas viejas ideas cristianas que se han vuelto locas- ha llenado el vaso de su corrupción y corre el peligro de estallar. ¿Cuándo y cómo No tengo la menor idea y además no me interesa. Y a Benedicto XVI tampoco. Lo que le importa es el pecado y su consecuencia para el hombre y para la humanidad. Y la conclusión no es la prevención sino la conversión.

Y ojo, no conviene confundir todo esto con los exagerados escándalos de la Curia o las barbaridades de la clerecía. Natural: las grandes aberraciones siempre se perpetran al lado del altar, porque la corrupción de lo mejor es lo peor. Y lo mejor es la Iglesia de Cristo. Pero eso no tiene nada que ver con la renuncia de Benedicto XVI.

Eulogio López

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