He andado días paseando por mi pueblo, Asturias, la urbana y la rural. Primera novedad: la cantidad de banderas españolas, no asturianas, colgadas en los balcones. En capitales de concejos y también en poblaciones rurales por donde no pasa un alma sino es algún turista despistado.

Por lo general, en el Principado lucía la bandera de Asturias, azul, y con el alfa y omega, principio y fin de la reconquista, o alusión al Creador, principio y fin de todas las cosas, porque el pendón hinca sus raíces en la monarquía astúrica, y si ha habido alguna monarquía cristiana esa fue la godo-ramirense.

Pues bien, ahora me encuentro balconadas con grandes banderas de España e intercalada en ellas, como siempre ("Asturias es España y lo demás, tierra conquistada al moro"), la bandera azul.

Esto es nuevo. La preeminencia de la bandera española no es propia de la historia reciente del Principado.

¿Qué significa? ¿Renace el patriotismo español, enterrado junto a Francisco Franco en 1975? No lo sé. Porque la Eurocopa ya pasó y la fiebre del éxito futbolístico suele ser breve, pero las banderas permanecen. Pero sí creo que la crisis ha revuelto a muchos contra los excesos nacionalistas, que también son computables en pérdidas. Ahora bien, si esta orgullosa exhibición de banderas puede servir para terminar con el odioso cainismo español -que sí es peligroso, muy peligroso- entonces tendré que gritar: ¡Viva la Selección española de fútbol!

Porque en esa exhibición banderil atisbo una reflexión que podría expresarse así: ¿Cómo vamos a vivir en permanente guerra civil si el enemigo no lo tenemos al lado, sino enfrente?

Sería formidable que así fuera.

Eulogio López

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