La papeleta utilizada se presta a confusión y fraude. Si regalas televisores de plasma te mantienes en el poder. La sospecha: si ganas, Fernández reformará la legislación para presentarse en 2015. El voto pro-vida queda en manos de Eduardo Duhalde... y poco más.

Pocos argentinos se explican los resultados del pasado domingo en las primarias celebradas en el país. Unas primarias muy particulares, por cuanto no se celebran en el seno de cada partido sino entre los candidatos de todos los partidos. La actual presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, venció en 163 de los 165 distritos. Una victoria aplastante que, de repetirse el próximo domingo 23 de octubre, le daría una victoria tan aplastante que no precisaría de segunda vuelta.

Eso sí, la difícil papeleta de voto se presta a confusión, cuando no a sospecha de fraude. Recuerda mucho a la inefable papeleta mariposa de Florida, en las elecciones de 2000 entre Al Gore y George Bush. Hay que acudir a la mesa electoral con tijeras para cortar los cupones elegidos, tanto para las presidenciales como para las gobernadurías. Un follón.

Lo asombroso es que Fernández haya ganado hasta en el ámbito rural, a pesar de su confiscatorio subidón de impuestos a los chatarreros, que ocasionó revueltas violentas en todo el agro argentino... y quince días después de que perdiera las elecciones locales en Buenos Aires, Córdoba o Rosario.

Ello puede deberse a dos razones. Sentimentalismo y demagogia. Como recordaba Juan Domingo Perón, la víscera más sensible del hombre es el bolsillo, y el matrimonio Kirchner ha llevado a cabo una demagógica política de subvenciones públicas, incluida la famosa compra de televisiones de plasma, subvencionadas por el Gobierno.

Pero también al sentimentalismo. Ser viuda vende mucho en Argentina. En algo se parecen argentinos y catalanes: ambos son muy sentimentales. Nada más conocerse los resultados, Cristina dijo la cursilería de que había sido "el triunfo del amor". Se refería, naturalmente, a su fallecido esposo Néstor Kirchner, sobre cuyo profundo amor la inquilina de la Casa Rosada no se ha cansado de hablar. Con esa bandera, el electorado le ha perdonado la corrupción rampante que reina en Argentina y las calles convertidas en una selva donde imperan los delincuentes.

En cualquier caso, el asombro continúa. De hecho, ocurre en Argentina algo parecido a lo que sucedía en Madrid con Álvarez del Manzano, un alcalde que arrasaba en las urnas a pesar de que todo el mundo negaba haberle votado.

Por tanto, lo lógico es que Cristina arrase el 23 de octubre. Si nos atenemos a los resultados de las primarias sólo tendría dos enemigos: el radical Raúl Alfonsín, hijo del ex presidente, con un 12,17% de los votos, y el también peronista Eduardo Duhalde, ex presidente, con un 12,15%. Por cierto, Duhalde es el único candidato a favor del derecho a la vida, lo que podría valerle el voto católico, aunque, sorprendentemente, los argentinos no han votado ni principios ni valores en estas primarias.

Fernández se parece demasiado a Rodríguez Zapatero: aborto, gaymonio, corrupción, demagogia y radicalismo de salón: es el espíritu del montonerismo peronista de los años setenta, que los Kirchner aplaudieron aunque cuidándose muy mucho de participar en primera línea.

Los cristianos tampoco esperan mucho de Mauricio Macri, quien ha preferido esperar a 2015 como gobernador de Buenos Aires. Si Cristina Fernández se parece cada vez mas a Zapatero, Macri, que ha dejado introducir el aborto y el gaymonio en su zona de cobertura, se parece cada vez más al Partido Popular: derecha pagana. No por nada mantiene una estrecha relación con José María Aznar, asesor de Endesa para Iberoamérica.

Y el temor: si se confirman las primarias y Fernández repite como presidenta por otros cuatro años, con lo que agotaría sus mandatos, es posible que aspire a la reelección. Sí, Argentina nos aventaja a los españoles en que sí posee limitación legal del mandato presidencial a 8 años, uno de los basamentos de la democracia en el siglo XXI. Pero a doña Cristina le gusta la Casa Rosada y podría sentir la tentación de modificar la ley para quedarse hasta 2019. Quién sabe si en ese caso también regalaría automóviles.

Eulogio López

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