Eso es lo que aseguraba Karol Wojtyla que en sólo seis palabras marcaba una definición casi perfecta. Le daba la vuelta a la habitual definición de amor que no es más que donación, entrega.

Pero entregarse cuesta esfuerzo, tanto al propio orgullo como a todas las potencias del ser humano. De ahí que San Josemaría, el fundador del Opus Dei asegurara que la alegría es un árbol con las raíces en forma de cruz.

Mañana es miércoles de Ceniza, comienza la Cuaresma cristiana, el memorial de la pasión y Resurrección de Cristo. Un Dios que se entrega en manos de los hombres bien merece un desagravio por parte de la humanidad. Este ha sido siempre el sentido de la Cuaresma, y de ahí los tenues sacrificios que la iglesia ordena -sí, ordena, aunque no obliga a cumplirlo, porque a nadie se le puede obligar a amar-: abstinencia de carne el miércoles de ceniza y los viernes de este lapso de cuarenta días y, en dos de ellos, a la abstinencia se añade el ayuno, que no es otra cosa que comer algo menos de lo habitual: el miércoles de ceniza y el viernes Santo.

Pero mira por dónde, a la progresía le parece una exageración masoquista. Exige mucho menos que cualquier dieta, de la que siguen tantos hombres y mujeres por aparentar buena presencia pero cuando es la Iglesia quien lo aconseja, entonces el asunto resulta inadmisible.

Mañana es miércoles de ceniza. Pronto empezaremos a escuchar sugerencias.

Eulogio López

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