"Las almas menos recogidas quieren que las demás se les parezcan, ya que constituyen para ellas un remordimiento continuo".

Las palabras de Santa Faustina recuerdan aquel pasaje coñón de la Escritura, en la que 'los malos' critican al 'bueno' en estilo moderno, es decir, con una mixtura de verdad y mentira, de difamación y calumnia, retorciendo cada uno de sus gestos, pero dejando en claro la razón primera de su campaña: "Sólo verlo da grima".

En efecto, si ayer hablaba de la importante festividad del próximo domingo, la Divina Misericordia, instaurada por Juan Pablo II, hoy toca centrarnos en la propia Faustina Kowalska, la mística del siglo XX, cuyos restos mortales descansan en el Santuario de la Divina Misericordia (en la imagen), en Cracovia, capital cultural y universitaria de Polonia. Nada más natural que lo sobrenatural. Nada más próximo al hombre que su Creador. Por eso, los místicos son maestros en psicología y en historia.

Primera lección de psicología aplicada: no ha existido santo que no haya sido calumniado. Y ahora mismo, en el universo mediático en que vivimos, nada más habitual que denigrar al bueno. No porque se difiera de él -es imposible diferir de la buena conducta- sino porque su propia existencia supone para el de la mala leche -casi todos, vaya- una acusación en sí misma, un insulto a su propia existencia.

Más lecciones de Kowalska que demuestran que los místicos viven con el alma en Dios pero con los pies en la tierra: "No obrar jamás contra el convencimiento interior". Lo cuenta en su Diario como una revelación de Dios. ¿Qué significa Pues que hay que vencer el miedo de todo hombre a seguir las inspiraciones de Dios en la oración. Vamos, que Dios habla al hombre y que el hombre debe estar convencido de que Dios le habla y le responde. Y no hace falta ser un santo para que Dios te hable.

Eso sí, la misma Faustina en aparente, sólo aparente contradicción, aclara que si la voz de la Iglesia, o del director espiritual (ya nos habíamos olvidado de la dirección espiritual, ¿verdad), no coincidiera con la revelación privada hay que hacer caso a la Iglesia, no a la voz interior. Y eso, naturalmente, por humildad. Dios habla al hombre, pero si algo caracteriza al hombre, no sólo al hombre-periodista, es tergiversar lo que se le dice. Generalmente en provecho propio.

Y, al mismo tiempo, en otra contradicción aparente o paradoja, "El Señor me ha hecho saber cuánto le desagrada un alma que habla mucho: En tal alma no encuentro descanso. El ruido continuo me cansa y en ese ruido el alma no distingue mi voz". (punto 1.008).

Si es que tenemos un Dios que ama la ironía. Un Dios jocundo. Que no soporta las almas cotorras ni apresuradas. Los sonidos del silencio no admiten ruidos

Eulogio López

[email protected]