584.012 votos en blanco en las elecciones municipales de 2011, o sea, de ayer domingo, un 2,54% del total frente al 1.92 de las elecciones de 2007.

El voto en blanco significa que su autor cree en la democracia pero no le gusta ninguna de las opciones en liza. Hay que tener hasta cierto valor para entregar un sobre sin papeles, sabiendo que de esta forma. Anulando así tu propia cuota de poder electoral. Mejor no añadir los votos nulos, porque podrían tener otra significación -no siempre la misma-, pero si lo hacemos debemos sumar otros 389.506 y así nos encontraríamos con 973.518 españoles extraordinariamente cabreados con nuestra clase política.

No son desertores de la democracia ni perezosos que se desentienden de sus obligaciones cívicas -esos están en la abstención-. Son gente que quiere votar, que participan de la democracia pero a los que no les gustan -no nos gustan- las opciones que se les presentan para elegir.

Sí, hay que cambiar nuestro sistema electoral pero, sobre todo, hay que cambiar de clase política. En mi opinión, más que modificar las leyes electorales -que también- se precisan dos cosas:

1. Limitación de mandatos -máximo a ocho años-. Para todo tipo de cargos públicos.

2. Recuperación de los políticos como sujetos dedicados al bien común. Eso implica terminar con la casta política profesional.  Y eso sólo se consigue reduciendo al salario de supervivencia -el salario mínimo, para los cargos menos relevantes- las retribuciones la clase política.  ¿Incompatibilidades? De ninguna manera. Esa es la excusa eterna de los políticos para seguir subiéndose el sueldo: que se pluri-empleen y se ganen el sustento fuera del huevo protector de las instituciones.

Es posible que no resulte factible pagarle el salario mínimo a quienes ejercen una dedicación intensa a la política, pero a los demás, claro que sí. Por ejemplo, ¿quién dice que un concejal o un consejero autónomo debe cobrar más del salario mínimo, además de perpetuarse en el cargo?

Eulogio López

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