Años ridiculizando a la mujer que decide quedarse en casa a cuidar de sus hijos tenía que traer estos lodos.

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Hispanidad, martes, 30 de octubre de 2007

El pasado domingo leo en El País uno de esos maravillosos reportajes bien intencionados de la progresía, que tras reconocer la enorme aportación que realiza el ama de casa, "el gran motor de la economía", acaban concluyendo que lo mejor es ayudarle de alguna forma. La autora cita un estudio de la socióloga María Ángeles Durán en la que se valora el trabajo a mi casa: un pastón, oiga usted.

Por tanto, El País no niega no, que hay que ayudar a las amas de casa pero ¿un salario? No, eso es imposible "porque un trabajo sólo se paga cuando beneficia a otros y el doméstico beneficia a uno mismo y a su familia". Yo diría que la mayoría de los trabajos están hechos para beneficiar a unos y perjudicar al resto, y también diría que el trabajo que beneficia a uno mismo y a sus familiares es, justamente, el que se paga. Por ejemplo, se podría preguntar a la socióloga Durán quien, aparte de ella misma y su familia, se ha beneficiado de lo cobrado por su estudio.

Pero en todo lo anterior radica el gran equívoco. Habrá que insistir: no es la mujer quien está discriminadamente laboralmente respecto al varón. Tampoco el ama de casa. Quien está discriminada respecto al hombre es la madre, por el hecho de ser madre: Embarazos que la impiden competir con el varón de su misma formación edad y nivel académico, crianza de los hijos en los primeros años, horarios cautivos, etc. No es una discriminación buscada, la impone la naturaleza.

Y, al mismo tiempo, ¿cuál es la mayor aportación de la mujer a la sociedad, aquella que no puede suplir el hombre, superior a la aportación científica, técnica o humanística? La de ser madre, la de proporcionar hijos, e hijas, que puedan realizar esas aportaciones y algo más prosaica: que puedan aportar impuestos para mantener en marcha la solidaridad intergeneracional y el gran teatro del mundo.

Por tanto, lo lógico no es pedirle a la madre -sea ama de casa o trabaje fuera de ella- que se le va a dar una ayuda o que se le ayudará a financiarse una pensión. Lo uno es una limosna, lo otro comprar una pensión, procedimiento verdaderamente absurdo y altamente censurable, pero que sigue constituyendo una subvención pública y ya es hora de terminar con las subvenciones, una limosna que mantiene al individuo -en este caso la madre individua- a seguir viviendo del Estado.     

Financiamos en España 8,5 millones de pensiones por tiempo indefinido, dado que los ancianos tienen la mala costumbre de no advertir acerca del relevante momento en que pretenden pasar de clases pasivas a tierno recuerdo para familiares y amigos.

Alguien podría decir que es imposible y lo respondería: ¿Por qué? Esta sí es la tercera cuarta pata del estado del bienestar. No nos engañemos: la sociedad muere por falta de hijos, por falta de vitalidad, como su mismo nombre indica. La decadencia de Europa estriba en que los europeos no tienen hijos. La decadencia de América estriba en la crisis de la familia: hijo de diferentes matrimonios, muchos de ellos abandonados a su suerte, vidas destrozadas desde la infancia.

Si se tratara de una batalla, y no de dos desgracias, diríamos que la va a ganar América, porque siempre gana quien tiene más vitalidad, y la principal muestra de esa vitalidad es el número de vidas que generan una sociedad. Ahora bien, como digo, no se trata de una batalla sino de dos desgracias: el consumismo que ha matado a Europa y el sexo sin compromiso que está destrozando América.

Por tanto, pongámoslo fácil. En el mundo actual todo está pensado para que las parejas no tengan hijos: desde el tamaño de los pisos hasta los salarios competitivos -es decir, bajos- y la dependencia de la familia respecto al Estado, es decir, impuestos altos-. No sirven las medidas que acentúan esa esclavitud del Estado, sino el salario maternal, que es el reconocimiento de un derecho: un salario por hijo hasta la edad de cristiana que permita el presupuesto (¿3 años? ¿Seis?)

El salario maternal es un derecho mucho más importante que la educación o la sanidad. Entre otras cosas porque para acceder a esas prestaciones sólo se exige una condición: nacer.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com

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