Los últimos datos de la encuesta del CIS confirman que a lo que de verdad le dan la máxima importancia los españoles es al trío de la copla: salud, dinero y amor. Si bien los señores del CIS son más científicos y menos populares que Cristina y Los Stop, que eran los que cantaban aquella tonadilla tan pegadiza de mis años mozos, éxito musical que se produjo no muchos años después de que Recaredo convocara el III Concilio de Toledo. Pero a lo que estamos, Remigia, que se nos pasa el arroz… Resulta que cuando a los mismos encuestados se les pide que valoren la importancia que dan a sus vidas respecto a la religión, y se les pregunta si estarían dispuestos a sacrificarlo todo, incluida la vida, la nota no llega ni a un suspenso bajo de los de antes, porque solo 1,5 de cada diez estaría dispuesto a ello. Y se me podrá objetar un argumento parecido al que algunos emiten cuando se publican las encuestas electorales: que la única encuesta válida y verdadera es la de urna.
Según la reciente encuesta del CIS, solo un 15,9% de los españoles estaría dispuesto a dar la vida por sus creencias religiosas.
En efecto, en el caso que nos ocupa, que es el de la santidad, la gran verdad sobre la conducta religiosa de cada uno de nosotros y la de nuestra sociedad se emitirá de un modo verdadero, justo, solemne y público el día del Juicio Final. Ese día se publicará el gran libro de la Historia de la Humanidad. Pero mientras tanto, si no queremos cerrar los ojos del todo a lo que nos rodea y aspiramos a saber algo a lo humano de lo que nos pasa, habrá que utilizar estos datos, mientras llega el veredicto final, a lo divino y en el valle de Josafat. Y precisamente porque la religión católica no es una religión intimista y su práctica deja rastros, se puede hacer historia de la religión católica. Claro que por esta misma razón también es perseguible, y por eso, además del martirio de las personas, se ha producido en más ocasiones de las deseables el martirio de las cosas sagradas. Así, por ejemplo, si después de consultar una serie de libros parroquiales de Bautismo el investigador detecta que aparecen muchos niños naturales que no son legítimos, el investigador podrá concluir con cierto fundamento que en esa zona y durante ese tiempo el matrimonio está en crisis. ¿Y será por rastros de la religión? François Furet, historiador francés que perteneció al Partido Comunista, ha escrito que "el paisaje de la Francia prerrevolucionaria era católico, por encima de los tejados de las aldeas se elevaban las torres de los campanarios…" Los historiadores de la religión en Francia en esto nos llevan la delantera. Son abundantes las publicaciones francesas que han medido la práctica sacramental en muchas parroquias del país vecino y han comparado lo que sucedía antes y después de la Revolución Francesa. Así por ejemplo, —afirma uno de los más conocidos de estos historiadores, Jean de Viguerie— "en 1789 la mayoría de los franceses eran católicos y la mayoría de los católicos practicaba su religión. El incumplimiento del precepto pascual era raro en las ciudades y excepcional en el campo. Quince años más tarde, bajo Bonaparte, la tercera o la cuarta parte de los católicos no comulgaba por Pascua, ni asistía a Misa los domingos. La diferencia es espectacular y no deja lugar a dudas: la masiva descristianización de Francia se inicia con la Revolución".
El panorama se vuelve más sombrío cuando a los españoles se le pregunta por la existencia de Dios. Casi el 15% se declaran ateos, y solo el 37,9% manifiestan creer en la existencia de Dios.
Pues bien, la reciente encuesta del CIS pone de manifiesto datos tan significativos como los siguientes: como decíamos más arriba, solo un 15,9% estaría dispuesto a dar la vida por sus creencias religiosas. Y eso en una España que supo dar la cara por Jesucristo como nadie y padeció la persecución religiosa más cruenta de toda la Historia de la Iglesia durante la Segunda República y la Guerra Civil. Aunque me temo que algo tiene que ver el descenso de la afición al martirio con ese ocultamiento vergonzoso de ejemplos tan brillantes y que ensalzan más a los perseguidores que a los perseguidos, y por eso se refieren a estos últimos como mártires del siglo XX, como si los meses y los años tuvieran tendencias antirreligiosas. Y como seguimos así, cualquier día a alguien se le va a ocurrir escribir que el mes de agosto de 1936 fusiló a no sé cuántos católicos y el segundo martes de mes del mismo año quemó cinco iglesias en Madrid. Y me reconocerán que esto ni es bello ni es instructivo, sino más bien torpe y cobardica. El panorama se vuelve más sombrío cuando a los españoles se le pregunta por la existencia de Dios. Casi el 15% se declaran ateos, y solo el 37,9% manifiestan creer en la existencia de Dios. La otra casi mitad de los españoles dice creer en algo tan difuso, que si les llega a apretar un poco el encuestador, a lo mejor resulta que en lo que creen es en la energía positiva y los dogmas que predican los charlatanes de las sectas que, con gesto tan amable como hipócrita, arrancan el amor al verdadero Dios del corazón de sus criaturas. Desgraciadamente, no hay ningún sentimiento religioso en tantos corazones porque previamente les han vaciado las cabezas y no queda en ellas el mínimo vestigio doctrinal. Y hasta te puede llegar a la Facultad algún elemento que te dice que como el clero regular son los religiosos, el clero secular son los clérigos que no creen en Dios. Esto es lo que tiene la desaparición de hábitos y sotanas. Buena parte de los colegios católicos, lo único que tienen de católicos es el nombre y un ideario que solo sacan a pasear para cobrar la subvención del respectivo gobierno autonómico. Pero la formación doctrinal de sus alumnos es absolutamente nula y en algunos casos casi mejor que no la hubieran recibido por la deformación a la que someten las meninges de las tiernas criaturas.
Y hasta te puede llegar a la Facultad algún elemento que te dice que como el clero regular son los religiosos, el clero secular son los clérigos que no creen en Dios.
Eliminada la formación doctrinal de los colegios, quedaría el recurso a formarse un poco escuchando los sermones en la misa de los domingos. Pero el problema es que, llegados a este punto, no pocos predicadores lanzan su sermón, no por el cauce de la verdad, sino por el de amabilidad. Y buena es la señora Remigia como para que el párroco le diga las verdades del Evangelio, no se vaya a enfadar y no vuelva…  Y lo mismo que a la señora Remigia, le pasa otro tanto a don Conegundo. Así es que todo se reduce a hablar de un genérico amor de no se sabe quien hacia quien, que deja a la concurrencia como el negro del sermón, con los pies fríos y la cabeza caliente por el esfuerzo en tratar de entender lo que de por sí es incomprensible. Por todo lo anterior, nada tienen de extraño las respuestas dadas cuando se pregunta por la frecuencia con la que se asiste a misa o a otros oficios religiosos, sin contar las ocasiones relacionadas con ceremonias de tipo social, como bodas, comuniones o funerales. El 46,7% responde que nunca, un 21,6% dice que una vez al año, un 11,4% confiesa que alguna vez al mes y solo un 15,2% asegura que una vez a la semana. Y por mostrar toda la verdad, incluida la parte positiva, también hay un 4,7% que acude a la iglesia más de una vez por semana, práctica esta muy recomendable, que siempre se llamó de misa y comunión diaria.
Pues bien, el responsable de todo esto es el predicador, mejor dicho, el mejor predicador que no es otro que un tal fray ejemplo, que no se le ve porque le tenemos escondido en nuestras casas...
Y en acabando este artículo hay que denunciar al culpable de toda esta calamitosa situación. Y ese no es otro que el responsable de que todas estas estadísticas no se den la vuelta y presenten un panorama religioso digno de mejor vista. Pues bien, el responsable de todo esto es el predicador, mejor dicho, el mejor predicador que no es otro que un tal fray ejemplo, que no se le ve porque le tenemos escondido en nuestras casas, en nuestros colegios, en nuestras oficinas, en nuestras universidades, en nuestros lugares de ocio, en las fábricas y en las empresas y, duele y mucho decirlo: hasta en nuestras iglesias. Javier Paredes [email protected]