lunes, 22 enero 2018 Número de edición: 5350
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La intelectualidad no es de izquierdas

La intelectualidad no es de izquierdas

La realidad de los que se llaman intelectuales, en muchas ocasiones ni son intelectuales ni son nada, solo han tenido la suerte de ser famosos por algo y se creen con el prurito de dogmatizar con superioridad al resto del pelotón, es decir, a usted y a mí.

Los que queremos que cambie eso que llamamos “las cosas”, estamos ante un proyecto de reconstrucción intelectual, porque si algo falta en España precisamente es pensamiento crítico e intelectual, porque el pensamiento único ha logrado aborregar la crítica individual y el relativismo ha permitido que el espíritu de las ideas políticas haya marginado cualquier aspecto moral del comportamiento de las personas…

La intelectualidad no es una profesión, ni un estado de ánimo, ni tan siquiera una posición social. Como se expresa Agustín Laje, un intelectual lo es en función de un roll público. No es la persona que adquiere conocimientos o lee horas y horas en una biblioteca, si no el que maneja toda esa información en términos públicos. En este sentido, todos tenemos esa obligación, la de ser intelectuales.

Todos los que participamos en la vida pública de forma activa, directa o indirecta debemos sentirnos y actuar como intelectuales, creernos seriamente que lo somos, sin complejos. Transmitir las ideas buenas, hacer llegar a los demás que hay otra forma de pensar, de hacer, de vivir.

Desgraciadamente la izquierda, en su más amplio sentido del término, se han llevado el gato al agua tanto en cuanto el concepto de intelectuales: escritores, cineastas, actores, periodistas, cronistas… Todos rezuman izquierdismo en cualquiera de sus artes, o por sus ideas progresistas, relativistas, agnósticas y/o sociales. Pero sabemos que es mentira. Sabemos que los conservadores y los cristianos somos los verdaderos intelectuales porque nos atrevemos a cuestionar los signos de los tiempos y no nos dejamos acomodar por las modas políticas o sociales.

Intelectuales (Homolegens), de Paul Jhonson. Afirma el autor que los intelectuales que surgieron en el siglo XVIII, base de nuestro pensameinto actual, a diferencia de sus predecesores sacerdotales, no eran servidores ni intérpretes de los dioses sino sus sustitutos. Ahora bien, ¿fueron coherentes los intelectuales con sus propios planteamientos? Cada uno de los capítulos del libro pone de manifiesto la contradicción de sus vidas, maquilladas con fachadas falsas que el historiador inglés desmonta una a una. La mala noticia es que “la cosa” no ha cambiado mucho… ¿no les parece?

Guía políticamente incorrecta de la Civilización Occidental (Ciudadela), de José Javier Esparza y Anthony Esolen. Aunque ya tiene unos añitos este libro, no ha perdido actualidad, casi se queda corta porque los gilidebates irrazonables se han puesto de moda de hace unos años para acá y la cosa parece no tener fin. Quizá una de las pruebas más irrefutables de la decadencia contemporánea, cada día más empeñada en ser moderna.

Filosofía y sentido común (Sekotia), de José Fernando Calderero y Andrés Calderero. Y si se trata de dar sentido crítico a nuestra vida y lo que esta nos ofrece, no pierda de vista esta obra, que con estilo divulgativo sirve para todos. Es más, con esta sencilla obra sé que se está haciendo uso en colegios y círculos universitarios para desarrollar pensamiento e iniciativas críticas del entorno en que se vive. ¡Por algo habrá que empezar!

Humberto Pérez-Tomé Román

@hptr2013