lunes, 20 noviembre 2017 Número de edición: 5305
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Halloween, esa cosa…

Halloween, esa cosa…

¿Quieren hacer una cosa buena? Eduquen a la juventud. ¿Quieren hacer una cosa divina? Eduquen a la juventud. Antes bien, esta, entre las cosas divinas, es divinísima. San Juan Bosco.

Entre los muchos aspectos de nuestra sociedad posmoderna, se incluyen dos fuertes motores que la mueven: las modas y la increencia. La primera, no solo es un motor visual y de definición personal en el mundo en el que nos movemos, también habla de nuestro estatus cultural, económico y moral. Y la segunda se contrapone a la primera, ya que la increencia nos deja planos en la reflexión y sin libertad, porque nos olvidamos de lo trascendente y por lo tanto somos incapaces de evolucionar, particularmente, como individuos y, en general, como sociedad. Y siendo contrarios estos aspectos, son como las paredes del pasillo por donde nos quieren llevar. Por eso cuando la religión es confusa, el espíritu de las personas se vacía y entonces se deja llevar de lo que la moda dicta…

Un año más se celebra de forma unánime Halloween en los colegios, las calles y las salas de fiesta, animado por los centros comerciales, el cine y los ayuntamientos. La mayoría lo asume como una tarde-noche de caramelos, sustos y disfraces. Pero lo malo es que nadie sabe por qué lo hacen. Al fin solo es una moda, una tarde mágica donde los niños se disfrazan de fantasmas y los padres se satisfacen de ver a su hijo disfrazado. Lo único terrible que conlleva todo esto no es lo que se hace, sino por la ignorancia de qué se hace. Vaciado el espíritu religioso de la fiesta de los Santos, y el día 2 de los difuntos, tomar un sentido u otro da lo mismo, es divertido y apetece, ¡qué más quieres!

Nelson Mandela lo dejó dicho: No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad, que la forma en la que trata a sus niños. Evidentemente la dejó dicha para la posterioridad, quizá para que la pensáramos y la aplicáramos a diversos aspectos de la vida, como es el caso. Y es que desde hace varias generaciones en España se disfruta de este día como el día de los niños, cuando debería ser de los Santos. Pero sin entrar en complicados espíritus conspiracionistas, solo con el sentido común de andar por casa, me hago las siguientes reflexiones:

¿Dónde hemos dejado a nuestros difuntos, a aquellos que lloramos en duelo y enterramos? ¿Los hemos cambiado por un puñado de caramelos?

Cuando pensamos en lo que hacemos esa noche, ¿a quién invocamos y nombre de qué o quién? Porque las fiestas siempre han tenido un sentido preciso. Las fiestas civiles o religiosas siempre han tratado de reclamar un aspecto definitivo que atañe a nuestra vida o nuestras costumbres, es decir, a nuestra entidad personal y como sociedad.

¿Hemos sustituido nuestras tradiciones por un sencillo “truco o trato” que tampoco sabemos qué significado tiene? C. S. Lewis decía en uno de sus maravillosos ensayos (no es literal) que las tradiciones eran las muletas que nos guiaban ante lo sorprendente o inaudito de la vida, porque sin saber cómo actuar ante ello, las costumbres o tradiciones de alguna forma te decían cómo responder. Y hoy han arrancado de nuestras vidas una tradición milenaria que nos hacía mirar, al menos una vez al año hacia las postrimerías, y nos han colocado un no se sabe qué, que sólo nos llena horas de ocio y que llena la vida de un sinsentido.

En todo caso y por encima de mis reflexiones usted puede formarse e informarse. Puede leer o hacer leer, porque el buenísimo es el cáncer social que hace mediocres a los individuos. Es la postura de la ignorancia relativista de los cobardes. Es la respuesta de los que no saben qué responder.

¡Les deseo a todos un muy feliz día de Todos los santos!

Si Dios nos escuchase (Rialp). C. S. Lewis. Quizá un ensayo magistral que nos hace dar la vuelta y mirar nuestra vida andada, quizá para presentir el futuro eterno después de cuando hayamos partido al viaje definitivo.

El amor, la muerte y el tiempo (Buey Mudo). Jesús Priego. Reflexiones al hilo del mundo y la vida mundana, donde el reconocimiento del mundo donde debemos desarrollarnos como personas y aspirar a la santidad nos debe hacer ver que la vida solo tiene sentido en la vida eterna.

El buen ladrón. Misterio de Misericordia (Voz de Papel). André Daigneault. Al hilo de la cercana muerte de este santo, el buen ladrón, como modelo para los cristianos del siglo XXI, el autor hace un hermoso ensayo sobre el poder de la misericordia de Dios, del poder de ser amado hoy y en la hora de la muerte también. No importa cómo haya sido nuestra vida si el arrepentimiento es cierto. Dios escucha siempre, espera siempre, perdona siempre. Un halo de esperanza en ese salto a la muerte carnal a la que sin duda nos llega a todos.

Humberto Pérez-Tomé Román

@hptr2013