Se encuentra aqui: Inicio / Apócrifo (Relato de ficción) / Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo

Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo

(Hechos 1, 9-26; Marcos 16, 15-20)
-¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Israel?

Si yo fuera el Hijo de Dios se me habrían quitado las ganas de bromear con aquellos merluzos. Al parecer, una crucifixión no les bastaba enterarse de qué iba aquello, una resurrección no era suficiente para que entraran en la lógica de Dios. Y, sobre todo, no había bastado para que confiaran en él aunque cuando no comprendieran sus métodos, es decir, la realidad:

-No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder, pero recibiréis el Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta en los confines de la tierra.

Estábamos en la falda del monte Olivete, situado a uso 3 kilómetros de Jerusalén. Cinco centenares de personas. Fue la última vez que los discípulos vieron a Jesús en este mundo, un momento histórico. Si se hubiera inventado ya la fotografía hubiera resultado un momento idóneo para utilizar una cámara e inmortalizar la escena.

Pero no: algunos dudaban que aquel Maestro fuera el Cristo que los romanos habían clavado al madero. Muchos hombres exigen ver para creer pero lo cierto es que aún dudan más cuando ven. Si el corazón no asiente de nada sirven los ojos.

Otros, ¡y eran los más suyos!, todavía seguían con la monserga del Rey que convertiría al pueblo elegido en una superpotencia, capaz de plantar cara al mismísimo Imperio Romano. Estaba clarísimo: un hombre que multiplica panes y peces bien puede multiplicar legiones de soldados imbatibles, quien cura leprosos y resucita difuntos seguramente puede aniquilar la mismísima Roma como si se tratara de una aldea. Habían pasado cuarenta días desde que salió del sepulcro y, antes, le habían seguido durante tres años, durante los cuales vieron lo que ningún hombre vio ni antes ni después: el Verbo encarnado actuando en el espacio y en el tiempo, en un viaje de ida y vuelta desde el Reino al mundo.

Uno de vuestros escritores asegura que “en materia de virtud, la experiencia es la madre de la ilusión”. No iba desencaminado. Los ángeles decimos que la mayor virtud del Creador es la paciencia. No creo que vayamos muy desencaminados.

Eran los suyos y dudaban. Los ángeles no lo sabemos todo, ciertamente, pero lo que sabemos lo sabemos de verdad. La duda es un problema humano. Y aquéllos, los suyos, dudaban.

Volvamos a la preguntita. El que la formuló no figuraba entre los más próximos al Colegio apostólico, lo que no deja de ser un consuelo. Tengo para mí que el Maestro prefirió dejar el asunto en manos del Espíritu Santo. Y es que al núcleo duro de los 12, ahora 11, tres semanas atrás, en la lejana Galilea, les había explicado su programa de gobierno y, sinceramente, no parecían las instrucciones de un monarca:

-Id pues y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

El asunto quedó claro entonces pero, al parecer, no para todos… ni para ninguno completamente. Los íntimos confiaban en su bondad pero no en su naturaleza. Quiero decir que sabían lo que tenían que hacer pero aún temían a los hombres.

Debéis entender que, tras el Calvario, entre los primeros discípulos había lo que podríamos llamar tres círculos. Por una parte, los once apóstoles, corroídos de orfandad, arracimados alrededor de mi Señora Miriam como críos pequeños asustados por la oscuridad. Durante aquellos cuarenta días trascurridos entre su resurrección y la llegada del Paráclito, fue ella quien se encargó de la doble tarea: enseñarles el significado de lo que vivían y no comprendían y conseguir que Simón Pedro asumiera el papel de sucesor y comandante en jefe. Y sabía que tenía poco tiempo para hacerlo. En breve, la humanidad debería empezar a caminar por sí misma. Le había llegado su turno.

En ambas objetivos, mi Señora Miriam demostró que era el ser creado más capaz. Con ella se rompió el molde, dicen vuestros catequistas y andan cargados de razón. Y en cuanto Pedro estuvo preparado, ella pasó al segundo plano donde siempre le gusta estar.

Juan, ese inmenso caradura que aún aquí, en el Reino, gusta llamarse “el discípulo amado” se pasó toda su vida en la tierra convencido de que cuidaba de su madre Miriam, cuando lo cierto es que era ella quien cuidaba de él y de todos. En aquel mundo pequeño, tan pequeño que estaba destinado a darle la vuelta al mundo, el centro era una mujer. Os lo repito siempre: Dios juega con los hombres y si no aprendéis las reglas del juego no os enteraréis de nada. Como los buenos escritores. Dios ama a los sujetos y le gustan los verbos, pero se preocupa poco de los adjetivos. Él crea sus propias jerarquías que poco tienen que ver con las impuestas por la vanidad humana. Mi Señora Miriam es la obra más preciada de Dios. La más buena, la más sabia, la más hermosa, orgullo de los hombres y admiración de los ángeles, que no nos inclinamos ante hombre alguno pero nos arrodillamos ante ella. Satanás la teme más que a nada. A ella, a una doncella de Nazaret, la única que puede hacer cambiar de rumbo al mismísimo Creador.

Divago demasiado. Decía que el primer círculo de discípulos se componía, por tanto, de Pedro, Andrés, los dos Santiago, Juan, Judas, Tomás, Felipe y Natanael.

En el segundo círculo se contaban Juan Marcos, Cleofás de Emaús, Felipe, quien luego sería conocido como el diácono y familiares de los apóstoles.

El tercer Grupo, que alcanzaba el medio millar, estaba formado por simpatizantes y gente agradecida, muchos de los cuales seguían al Maestro por haber sido curados de sus enfermedades o, lo que es peor, y tanto os cuesta entender a los del siglo XXI, de los demonios que los poseían. ¿Había menos espíritus impuros en aquella época que en la vuestra? Por supuesto que no, el número, al igual que el nuestro, no puede cambiar, ni cambiará jamás. Sólo que Lucifer emplea técnicas distintas según la ciencia de cada época. En la vuestra su táctica consiste en ocultarse pero me temo que el asunto está a punto de cambiar.

Todos ellos, los 500, habían sido convocados a Jerusalén. Nadie supo de dónde había surgido el llamamiento, pero fue corriendo de boca a oído. La cita era en el Monte Olivete, al otro lado del Torrente Cedrón, muy cerca de donde empezó todo, en el Huerto de Getsemaní. El Olivete no podría calificarse de colina, pero tampoco de monte. Un montículo despejado, sin apenas vegetación, aunque la erosión había producido caprichosas oquedades en la zona alta, con recovecos donde era posible resguardarse de ojos y oídos indiscretos. Vamos, un monte pequeño y respetable, desde donde podía observarse la Ciudad Santa, en el camino de Jericó, mirando a Occidente desde el Oriente.

Nadie supo de dónde había surgido el llamamiento pero los íntimos sabían que mi Señora Miriam estaba en el origen. Todos se mostraban alegres y algo medrosos. A medida que avanzaban los días y las apariciones del Resucitado corrían de boca a boca, reverdecían los días de gloria. Ya sabían que Jesús podía vencer a la muerte pero aún dudaban de si ellos podrían vencer al Sumo Sacerdote y a sus mercenarios.

Cuando llegaron a la falda del Olivete, El ya estaba allí. Y el mensaje enviado a aquella masa informe no varió mucho del ofrecido a los íntimos: su tarea consistía en evangelizar el mundo, tarea fácil. Más de uno se sorprendió del empeño del Resucitado en repetir que el Bautismo era la única puerta hacia el Reino, algo que a los hombres siempre os provoca desazón.

Ese bautismo debía otorgarse en nombre de las tres personas de la Santísima Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo una realidad inasequible para la mayoría de los presentes que, a duras penas identificaban a la segunda persona, el Hijo, como aquel que les dirigía la palabra.     

Finalmente, el Resucitado aprovechó un recoveco del camino para pedir a los once, sólo a ellos, que ascendieran con Él hasta la Cumbre. Resguardados del resto del mundo, Jesús les miró uno a uno, a los ojos, con aquella mirada suya tan directa pero que, al mismo tiempo, jamás ofendía. Simplemente añadió:

-Yo estaré con vosotros siempre, hasta la consumación del mundo.    

Y entonces ocurrió lo que nunca habían visto, y cuidado que habían contemplado sucesos extraordinarios en su compañía: el Maestro se elevó en el aire, hacia el firmamento y, cuando había ganado altura una nube le ocultó… y ya no le vieron más.

Claro que subió hacia el cielo, no porque el Reino esté en el firmamento sino porque el hombre-Dios no podía irse hacia abajo, hacia las entrañas de la tierra, sino perforando el suelo, forma poco prometedora de despedirse de los suyos. No se por qué pero me temo que la explicación era necesaria.

Las sorpresas no habían terminado. Dos de los nuestros, ataviados con hábitos blancos para “ocultar su visibilidad”, aparecieron de la nada e interpelaron al club de Simón Pedro:

-Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?

Como veis, educadísimos mis colegas:

-…Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto irse al cielo.

Santiago el mayor reparó en dos minucias: la primera que Jesús había sido “arrebatado”, es decir, se había ido por voluntad ajena, que no podía ser otra que la del Padre. La segunda, la promesa del regreso: vendrá de nuevo. Santiago fue el primero en preguntarse lo que millones de hombres se preguntarían a partir de entonces: ¿Cuándo regresará?

Recuperaron los mensajeros su invisibilidad y Pedro no esperó un segundo: giró sobre sus talones y se lanzó ladera abajo hacia Jerusalén. Atravesó en medio de la multitud allí formada sin pronunciar una palabra y la concurrencia le siguió sin decir esta boca es mía. La manifestación se disolvió con alegría serena, sin pronunciar palabra, los más tibios, un tanto desilusionados porque, después de todo, no había ocurrido nada.

Ya entrados en la ciudad Pedro entró en el cenáculo al estilo galileo, en tromba. De pronto, se volvió a sus compañeros, que le seguían en formación, y preguntó:

-¿Dónde está Madre? 

Mi Señora Miriam se había convertido en madre, la madre, cuando Cristo, desde lo alto de la cruz, se la entregara a Juan con aquellas palabras: “Hijo ahí tienes a tu madre”.

Juan, cómo no, le aclaró:

-Madre se ha quedado en el Cenáculo y ella se había despedido.

Pedro aprendía a mandar, y mandar consiste en escuchar mucho y hablar poco. Se dirigió al aposento de Mi Señora Miriam y, sin perder el tiempo en saludos o relatos, le espetó:

-¿Y ahora qué hago, Madre?

A la interpelada se le escapó una sonrisa. Desde el primer día había sentido debilidad por la vehemencia de aquel pescador rudo y metepatas, capaz de las mayores pifias y de los arranques más nobles:

-Lo que Él te ha encargado: predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra. El género humano ya puede levantarse de su postración. Mi Hijo ya hizo todo lo que se le encargó hacer. Ahora es el turno de la humanidad. Es tu turno, Pedro. Ahora tú eres el pastor.

-Pero necesitaré ayuda –repuso el angustiado pastor. No sé ni por dónde empezar.

-¿Acaso no has oído que estará con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.

-Sí Madre, lo he oído –sonrió el pescador-: la que no lo has oído eres tú, que no estabas en el Olivete.

-Por el momento, quédate tranquilo. Debes esperar al que tiene que venir.

-Tu sabes cuándo vendrá, ¿verdad que sí?

-No sé el ‘cuándo’, eso nunca preocupa mucho a mi Hijo. Pero llegará cuando estéis reunidos los once… y esta vez también yo debo estar allí, bueno, aquí, porque aquí ocurrirá.

-Entonces reunámonos ya mismo –arguyó el impaciente.

-No Pedro, incluso debes volver a la mar, a tu trabajo. Probablemente serán los últimos peces que recojas. Además, debes poner en orden tus asuntos, pues probablemente no volverás a ver tu querido Cafarnaúm. Eso sí, regresa a Jerusalén antes de Pentecostés.

Aquello me sorprendió. Faltaba sólo una semana para la Fiesta. Una celebración importante, que celebraba la recolección de la primera cosecha. Pedro sabía que al Maestro le gustaban las festividades prescritas por Moisés. ¿Acaso no había repetido que no había venido a abrogar la ley antigua sino a consumarla?

Miró a mi Señora Miriam y le preguntó:

-¿No habías dicho que no sabías el cuándo? 

-Y no lo sé.

-¿Y por qué me dices que vaya a Cafarnaúm y vuelva antes de la recolección? Queda una semana.

-Cuando amas a alguien no necesitas que te informe; conoces lo que piensa porque vives en él. No mi hijo no necesitaba explicarme sus planes para que yo supiera lo que quería de mí o de otro cualquiera. La peor sordera, Simón, es la sordera del corazón.

-Pues yo debo estar sordo como una tapia. Esto me viene grande, Madre. Ellos -y señaló con el dedo hacia la estancia baja, donde estaban los apóstoles- me miran como esperando instrucciones. Y yo no sé qué decirles.

-Sí que lo sabes, y aún lo sabrás más y mejor. Mi Hijo está contigo y lo estará hasta el fin de los tiempos, cuando vuelvas con Él a este mundo.

-¿También sabes lo que nos dijeron aquellos dos que nos llamaron pasmados?

-Ya te he dicho que le preguntes a Él y Él te responderá. Y lo primero que deberías preguntarle es cómo sustituir a Judas.

-Él le traicionó pero yo le negué como un cobarde. El se suicidó y yo soy ahora su sucesor.

-No le maldigas Simón, que más le valiera no haber nacido. Y no te maldigas: tuviste la oportunidad más grande que se nos concede a los hijos de Adán: la de ser perdonados. Más bien, piensa: a mi Hijo se le perdió uno de los doce. Es preciso sustituirle. Esa es su voluntad.

-¿Y cómo lo hago?

-Pregunta a los demás quién podría sustituirle.

Y así empezó la historia del Cuerpo Místico, la historia de la Iglesia. Pedro habló con el Grupo e iniciaron lo que podríamos llamar un sondeo rápido. Al final, se decidieron por dos: José y Matías. El primer Papa estaba creando la liturgia eterna, siempre con un ojo puesto en mi Señora Miriam, quien aprobaba cada uno de sus hechos y de sus palabras, con una sonrisa.

En pocas horas, los dos candidatos estuvieron presentes, y con ellos un centenar de discípulos, convocados por segunda vez en aquel día, en aquel amplio patio jerosolimitano. Pedro les explicó la necesidad de sustituir al Iscariote. Comenzó a hablar y le ocurrió algo muy singular: parecía como si estuviera fuera de sí mismo, como si fuera otro el que hablara y él quien escuchara:

-Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura en la que el Espíritu Santo, por boca de David, había hablado ya acerca de Judas, que fue el guía de los que prendieron a Jesús. Él era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio. Este, pues, habiendo comprado un campo con el precio de su iniquidad, cayó de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. –Y la cosa llegó a conocimiento de todos los habitantes de Jerusalén de forma que el campo se llamó Haqueldama, es decir, ‘Campo de sangre’. Pues en el libro de los Salmos está escrito: ‘Quede su morada desierta, y que no haya quien habite en ella’. Y también: ‘Que otro reciba su cargo’.

Los once le miraban como a una aparición. ¿Era Simón, el brusco, no precisamente dado al estudio de las escrituras, quien hablaba? ¿En serio?

Pero la aparición no había terminado su discurso:

-Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su Resurrección.

Y ante el estupor general y la risa apenas disimulada de mi Señora Miriam. Pedro invocó al Espíritu Santo, el que había de venir, y, cuando todos esperábamos que señalara al ganador con el índice, Pedro agarró unos dados romanos, nadie supo de dónde los habías sacado, atribuyó la mitad de los números romanos a José, el resto a Matías, los lanzó al suelo… y ganó Matías.

La verdad es que la decisión del Espíritu Santo nos sorprendió. Caramba, todos los apóstoles consideraban que el más pío era José. Matías era un comerciante en telas, amigo de juergas y soltero empedernido que jamás se había comprometido con la responsabilidad de crear una familia.

Pero si Pedro lo hacía era el Maestro quien lo ordenaba. Contradecirle hubiera significado contradecir sido contradecir al mismísimo Verbo encarnado. Y así, con unos dados romanos, por intercesión de Simón, hijo de Juan, el jaranero Matías quedo convertido en nuevo apóstol de Cristo, el único no nombrado directamente por el maestro. ¿O sí? Pero, sobre todo, la aprobación de mi Señora  Miriam nos hizo comprender, a hombres y ángeles quién llevaba el bastón de mando y a quién debíamos obediencia.

Por mi parte, creí percibir un mohín de disgusto en José y una profunda expresión de incredulidad en Matías, quien no dejaba de repetir: En verdad que estáis todos locos.

¡Cuánta razón tenía!

Eulogio López

Hispanidad.com Actualizado en: 05/06/2011
Escrito por: Hispanidad
 
 
Subir al inicio