• La mejor manera de solucionar un problema interno es salir al exterior, solucionarlo por elevación.
  • Para el Huracán Wojtyla el asunto del terrorismo sólo era el aperitivo de una nueva política internacional.
  • Juan Pablo II entendía que la reducción del número de misiles atómicos no traería la paz, porque la paz de las naciones sólo podía llegar de la paz individual.
  • ¿Cambió el mundo después de este nuevo esquema de relaciones internacionales planteado por Juan Pablo II?
"Prepararás al mundo para mi segunda venida". Punto 86 del Diario de la Divina Misericordia: "Yo no recompenso por el resultado positivo sino por la paciencia y el trabajo emprendido por mí". El problema de la iglesia que recogió Juan Pablo II es que pensaba demasiado en sus problemas internos. Pero la mejor manera de solucionar un problema interno es salir al exterior, solucionarlo por elevación. Juan Pablo II cumplía así la genial fábula de Chesterton sobre el hombre que, desde el umbral de su casa, se preguntó una mañana: ¿Cuál es el camino más corto para volver a mi hogar? Y la respuesta le vino clara: dar la vuelta al mundo. Lo que puso en práctica de inmediato. En una iglesia de psicólogos, eternamente preocupada por su identidad, sus frustraciones y su pérdida de influencia, el Papa polaco iba a rasgar el velo: se lanzó a evangelizar el mundo. Primera parada: Irlanda. Un pueblo mortificado por los británicos y por los puritanos... británicos y por la reforma... británica, con un grupo terrorista, el IRA, que había salido de la disidencia de un pueblo católico. En Drogheda, donde en 1649 el puritano Oliverio Cromwell había asesinado a miles de irlandesas, el Papa, rodeado por un millón de personas, les reconoció su sufrimiento y la injusticia sufrida pero, al mismo tiempo, les advirtió  que el cristianismo prohíbe terminantemente dar solución a esas injusticias "por la vía del odio, del asesinato de personas inocentes, por los métodos del terrorismo"... por si no había quedado claro. Pero para el Huracán Wojtyla el asunto del terrorismo sólo era el aperitivo de una nueva política internacional. Y así, tras su viaje a Irlanda, decidió seguir el camino de tantos emigrantes irlandeses y asomar por Estados Unidos. Nada más aterrizar en Nueva York se marchó al edificio de Naciones Unidas, donde fue recibido por el secretario general Kurt Waldheim.  Qué mejor sitio que aquel para darle la vuelta a la diplomacia mundial. En aquel momento la humanidad vivía presa del terror nuclear y de la guerra fría entre estados Unidos y la URSS. La idea fuerza de aquel foro mundial y de las relaciones internacionales era el desarme, es decir, la paz entendida como ausencia de guerra y como ausencia de armas. Pues no, para Juan Pablo II la reducción del número de misiles atómicos no traería la paz, porque la paz de las naciones sólo podía llegar de la paz individual, de "la primacía de los valores espirituales y del progreso moral". Dicho de otra forma, no era la Carta de la ONU la que debería marcar su actividad sino la Declaración Universal de los Derechos Humanos" de 1948. Es decir, la paz no consistía en un equilibrio de intereses ni en un desarme conjunto, sino en situar la política al servicio del hombre respetando sus derechos. El primero de ellos, el "derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión", concretado, ojo, en el derecho a la libertad de culto, es decir, a "manifestar la propia religión de manera individual o comunitaria, en público o en privado". A más de un representante del bloque soviético se le debieron salir los ojos de las órbitas y a más de un representante del bloque capitalista debió de sentir un formidable reconcomio. El objetivo de Naciones Unidas es la protección de todos los derechos objetivos del espíritu, incluida la relación del hombre con Dios. Allá en Nueva York comenzó a hilvanar el ADN de las relaciones entre los pueblos: no hay paz sin justicia, no hay justicia sin verdad, no hay verdad sin Dios. Una identidad genética de ideas que luego multiplicaría en otra variante como la de "no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón" y, naturalmente, no hay perdón sin arrepentimiento (éste añadido es mío, y sólo pretende tener un alcance semántico, oiga usted). Recorrió Estados Unidos incidiendo en la misma raíz, a un pueblo que lo tenía todo pero había perdido buena parte de su esperanza: "aunque se vieran satisfechas todas las hambres físicas del mundo seguirá existiendo la hambruna más profunda del hombre: Cristo". ¿Cambió el mundo después de este nuevo esquema de relaciones internacionales planteado por Juan Pablo II? Desgraciadamente no. Es más, la globalización ha puesto los intereses por encima de los derechos de la persona y también, como no podía ser de otra forma según el esquema juanpaulino, China, por poner un ejemplo, la peor tiranía del mundo, se ha convertido en un amigable socio comercial a quien no conviene molestar no vaya a ser que se rompa el flujo de intereses, la delicada paz del equilibrio que no se rompe porque así lo exigen los mercaderes. El derecho a la vida y la libertad de religión, principios básicos, se convierten en rémoras lamentables que impiden el librecambio internacional. Pero, como ya he dicho, el mérito de Juan Pablo II consistió en embridar un caballo desbocado que era la iglesia y otro caballo desbocado que era el mundo. Desde su pontificado seguimos vulnerando los más lamentables y cansinos derechos de la persona pero ahora, al menos, ha surgido un saludable cinismo que impide que nos creamos nuestras propias mentiras. Comerciamos con China y con cualquier otro sátrapa, pero sabemos que estamos haciendo lo que no debemos. Naturalmente, no hay paz en el mundo, pero al menos sabemos cuál sería la solución, aunque nos neguemos a aplicar la terapia. Eulogio López [email protected]