miércoles, 17 enero 2018 Número de edición: 5347
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El aborto y la ética del puticlub

El aborto y la ética del puticlub

Cuando acaba el año es costumbre que la prensa ofrezca un reportaje con las biografías de “los que se fueron”; así escriben los que ya no se sabe si es que no se atreven o no pueden decir “los que se murieron”. Pero como las cosas son lo que son, principio filosófico por el que se deduce que las niñas solo huelen a colonia si se la echan, resulta que cuando a alguien se le para el corazón, se enfría, se pone rígido y poco después comienza a oler mal…, todas esas manifestaciones tan desagradables son pruebas inequívocas de la muerte.

Y por llevar la contraria al director de Hispanidad, diré que todo esto no es bello, pero es instructivo, porque si estos “valientes” del pensamiento esconden con eufemismos una verdad tan contundente como la de la muerte, con la misma filosofía de barrio ocultarán la realidad del aborto con sus palabras mentirosas. Así por ejemplo, los folletos que circulaban a principios del siglo XIX para divulgar los métodos para abortar se referían a esta práctica como “interrupción de la menstruación”. Y como las ciencias adelantan que es una barbaridad, en el siglo XX el aborto pasó a denominarse “interrupción del embarazo”. Y ya en nuestro siglo XXI cuando se ha impuesto la cultura del vídeo corto en las redes sociales, no está permitido poner imágenes de prácticas abortivas, que aunque no son bellas, son muy instructivas del crimen más abyecto que se pueda cometer contra la persona más indefensa.

Y lo que le pasaba a Vanessa, según dicen los psiquiatras, es lo mismo que les ocurre a las mujeres que matan al hijo que vive en sus entrañas

Y claro que se puede expulsar a la verdad por la puerta, pero resulta que al momento se cuela por la ventana. Y eso es lo que sucedió en uno de los campamentos de las FARC, donde uno de los guerrilleros, alias El Paisa, que además de jefe de la guerrilla era un guarro miserable, convirtió a una niña de nueve años, Vanessa García (en la imagen), en guerrillera para violarla desde los once a los quince años. Y como consecuencia, Vanessa se quedó embarazada y fue obligada a abortar tres veces; una de ellas, dado el estado avanzado de gestación, le provocaron el parto y mataron al niño después de nacer. Y como los promotores del aborto son muy solidarios con las embarazadas a las que siempre acompañan pero solo hasta el mismo momento del aborto, porque entonces las abandonan, cuando la guerrillera abortó en la soledad, guardó el feto en un frasco de alcohol y hablaba con él por las noches. Así lo cuenta Vanessa en un reportaje publicado por El Mundo: “Cuando estaba sola en mi caleta, lo miraba, le decía lo triste y lo mal que me sentía por haberle perdido, le decía muchas cosas, qué sería si ya hubiera nacido. Mi ilusión era tenerlo y no me dejaron, y así muerto lo quería tener. Ellos nunca se dieron cuenta. Solamente lo veía yo”, rememora Vanessa, conteniendo el llanto. “En un combate lo perdí, fue mejor porque me quité ese dolor de encima de verlo todos los días, pero era un consuelo a la vez”.

Y lo que le pasaba a Vanessa, según dicen los psiquiatras, es lo mismo que les ocurre a las mujeres que matan al hijo que vive en sus entrañas, que aunque despedazado y contra su voluntad lo tienen metido en un frasco que guardan en su alma y hablan con él por el día y también por la noche, cuando el hijo al que se le impidió dar patadas en el vientre porque no se le dejó nacer, despierta a su madre entre pesadillas cuando ella duerme, porque le patea el alma.

Y de todo este viaje apostólico se me quedó grabado a fuego el grito que San Juan Pablo II lanzó al cielo de Madrid: “Nunca se puede justificar la muerte de un inocente”

Tengo entre mis recuerdos imborrables el primer viaje apostólico de San Juan Pablo II a España a principios de noviembre de 1982. Solo unos días antes los socialistas habían obtenido una mayaría absoluta, que les permitió legalizar el aborto en 1985, como habían prometido en su programa. Con motivo del viaje de San Juan Pablo II, fui desde Pamplona a Madrid para estar con él en la capital de España. Formé parte de la multitud que le saludó a su paso por la Castellana, fui uno de los miles de jóvenes de entonces que le aclamamos en el estadio Santiago Bernabéu, y es inconfesable lo que hice pero conseguí estar entre los altos jerarcas del clero subido al altar que se montó en el cementerio de la Almudena de Madrid, donde San Juan Pablo II celebró la Santa Misa en sufragio por los fieles difuntos. Y de todo este viaje apostólico se me quedó grabado a fuego el grito que San Juan Pablo II lanzó al cielo de Madrid: “Nunca se puede justificar la muerte de un inocente”.

La aprobación de la ley de aborto provocó el surgimiento de los primeros movimientos pro vida, de los que formé parte desde el primer momento. En 1989 nos presentamos a las elecciones europeas, con el nombre de Agrupación de Europa por la Vida

Justo un año después saqué unas oposiciones, y me incorporé a la Universidad de Alcalá en noviembre de 1983. La aprobación de la ley de aborto provocó el surgimiento de los primeros movimientos pro vida, de los que formé parte desde el primer momento. En 1989 nos presentamos a las elecciones europeas, con el nombre de Agrupación de Europa por la Vida. En principio, mi mujer iba a encabezar esa lista electoral, hasta el punto de que la acompañé al colegio donde trabajaba para pedir un permiso durante la campaña electoral. Y solo unos días antes de presentar oficialmente la candidatura, recibimos la noticia de una empresa de encuestas de que teníamos muchas posibilidades de sacar un eurodiputado. Verse mi mujer de eurodiputada y retirarse fue todo uno, porque una cosa era dedicar unos días a la causa pro vida, y otra muy distinta irse todas las semanas a Bruselas, con unos hijos tan pequeños como los que teníamos entonces. Le pedí entonces a mi buen amigo Jorge Rodríguez de Alarcón, prestigioso cirujano, que la sustituyera y trabajé en aquellas elecciones todo el tiempo que me permitieron mis obligaciones de la Universidad. No sacamos el eurodiputado, pues solo nos votaron poco más de treinta mil personas.

Aquella campaña me abrió los ojos y me hizo ver una realidad que me invitó a abandonar a los llamados grupos pro vida. Encabezaba las listas del Partido Popular un católico como Marcelino Oreja, que se puso hecho una pantera cuando supo de nuestra existencia, porque decía que le íbamos a quitar votos. Le propusimos retirarnos, a cambio de que incluyera a Jorge Rodríguez de Alarcón en un puesto de salida, y los rugidos de la pantera fueron más feroces, porque nuestra propuesta le ponía en evidencia. A partir de ahí todo fue un tremendo desengaño. Nuestras organizaciones pro vida de Levante cerraron filas con Marcelino Oreja y nos abandonaron. Una conocida doctora de Cataluña que en principio era nuestra, cuando recibió los carteles para pegar en las paredes, nos los devolvió a Madrid, porque allí nuestra presencia quitaba votos al partido de Pujol. Y como no estaban las cosas como para tirarlos a la basura, con el dinero que nos habían costado, los pegamos en el País Vasco porque estaban en catalán, y allí podían ser mejor recibidos que en Madrid. En fin, que todo aquello fue peor que un desastre; como he dicho, fue un desengaño, pero todavía faltaba lo peor.

Y lo peor fue que los defensores de la vida optaron por la estrategia del mal menor y quedó relegado el “nunca se puede justificar la muerte de un inocente” de Juan Pablo II

Y lo peor fue que los defensores de la vida optaron por la estrategia del mal menor y quedó relegado el “nunca se puede justificar la muerte de un inocente” de Juan Pablo II, y a los que mantuvimos esta posición nos marginaron y nos llamaron radicales. Probablemente con buena voluntad, pensaron que justificando la muerte de unos cuantos se salvarían otros; pero a los resultados me remito. Desde entonces hasta hoy el aumento del número de abortos es escalofriante y, en la actualidad, todos los partidos con representación parlamentaria son abortistas. Y por no aprobar la estrategia del mal menor, me quedé más solo que la una, hasta que me encontré con mi gran amigo Rafael López Diéguez, que había fundado Alternativa Española en la primavera del 2003, que incluía en su programa el “nunca” de San Juan Pablo II.

Y como todo esto no es bello, para que al menos resulte instructivo, se me ocurre explicarlo  a la luz de la “ética del puticlub”, que es la que propone que como en el pueblo tiene que haber un puticlub, lo que hay que conseguir es que el dueño sea un católico, para que de este modo el establecimiento pueda cerrar los domingos y fiestas de guardar, lo cual tiene todas las posibilidades de una aceptación generalizada, llamada al triunfo siempre y cuando se controle y se silencie al radical que se le ocurra decir que en el pueblo no tiene que haber un puticlub.

Javier Paredes

javier@hispanidad.com