Lunes, 21 agosto 2017 Número de edición: 5240
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Divina Misericordia (y IV). La vida consiste en aprender el lenguaje de Dios

Divina Misericordia (y IV). La vida consiste en aprender el lenguaje de Dios
  • Y la verdadera sabiduría consiste en amar a Dios.
  • Los últimos porqués: la razón de la vida y la razón para vivir.
  • “Todas las criaturas, quieran o no quieran, siempre cumplen mi voluntad”.
  • Satán también cree en Dios pero no en su misericordia.

Decíamos ayer que el silencio es arma poderosa. Quizás porque la vida del hombre consiste en saber comprender el lenguaje de Dios, y al Padre Eterno sólo se le escucha en el silencio.

Deja a los sabios de este mundo las investigaciones inútiles”. Es decir, preocúpate del amor, porque el conocimiento no te va a hacer feliz, ni te va a proporcionar los últimos porqués. Esos últimos porqués -la razón de la vida y la razón para vivir-  debe dártelo el Otro, ningún hombre es capaz de conseguirlos por sí mismo.

Dicho de otro modo: “la verdadera sabiduría es amar a Dios”. Además, “yo sé muy bien que tú, Señor, no necesitas nuestras obras, Tú eliges el amor”.

Al final, la vida del hombre consiste en aprender el lenguaje de Dios. Pero “el espíritu propio es mal consejero”, así que el Señor le dice a Santa Faustina: “Pregúntale todo con sencillez a tu confesor y yo te responderé por su boca”.

Otro de los puntos del diario de Kowalska incide en una cuestión muy actual: un mundo que ha prescindido de la verdad absoluta (la verdad, o es absoluta o no es verdad) y por tanto de la moral objetiva (la moral, o es objetiva o no es moral) que se conforma con la justicia. Pero también los mismísimos demonios creen en la justicia  -justicia distributiva- pero no por ello el infierno se convierte en un lugar agradable. También los demonios creen en Dios, pero no sienten un especial premio por él. Satán cree en Dios pero no en su misericordia.

Y así, se puede leer en el Diario de Santa Faustina: “También los demonios admiran mi justicia pero no creen en mi bondad”.

Al final, todos los místicos acaban donde todos los santos: “Primero hay que vivir de Ti, para conocerte en los demás”. Es una mera cuestión de orden: primero amar a Dios; luego, sólo luego, al prójimo, como a ti mismo. Hay complementariedad inexcusable de ambos objetivos, ciertamente, pero también hay orden y prelación.

Todas las criaturas, quieran o no quieran, siempre cumplen mi voluntad”. Dios respeta la voluntad del hombre, que es libre, pero si el hombre se obceca en ir contra Dios, Dios aprovecha su rebeldía para que cumpla su voluntad, que es la mezcla de su providencia amante, del libre albedrío de cada criatura. Con esas dos líneas entrecruzadas Dios construye el futuro.

Cuando guardo silencio, sé que venceré. El silencio es un lenguaje tan poderoso que alcanza el trono de Dios viviente. El silencio es su lenguaje, aunque misterioso, poderoso y vivo”.

No es de extrañar que Juan Pablo II percibiera, antes que nadie, lo que latía detrás del mensaje de una monja polaca semianalfabeta.

No es de extrañar que instaurara, o remozara, el domingo después del de Resurrección, la Fiesta de la Divina Misericordia con indulgencia plenaria de culpa y pena.

Aprovéchenlo.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com