Consejo en Recoletos: el puesto de Jaime Castellanos pende de un hilo



Los italianos de RSC están dispuestos a comprar el Grupo, pero a precio de saldo. Botín exige a su hija Ana Patricia que solvente la situación. Los fondos de inversión, dispuestos a armar bronca en el Consejo del jueves 23. La operación de los hermanos Garay se ha demostrado un verdadero desastre. Castellanos prescinde su agencia de publicidad tradicional y le entrega el contrato a un amigo suyo

El presidente del Grupo Recoletos, Jaime Castellanos, atraviesa sus peores momentos desde que accedió, a la propiedad del Grupo, tras pagarle a Pearson-Financial Times la bonita cantidad de 900 millones de euros, que se sigue siendo mucho dinero hasta para el concuñado de D. Emilio Botín. Tras esa operación, y la posterior salida de bolsa, un grupo de ejecutivos de la editora de Expansión, Marca y Qué! (un periódico con falta de ortografía), se hizo con el control, pero sólo gracias a la ayuda de Banesto y endeudándose hasta las cejas. Precisamente, la toma de control coincidió con un bajón de ventas de Expansión, líder de la prensa económica española pero cada vez menos líder, un más profundo descenso de ventas del deportivo Marca y el lanzamiento del gratuito Qué!, diario que no está siendo mala plataforma económica pero que no influye un comino. La guinda: el femenino Telva se nos volvió progresista, pero ni por esas logra salir del agujero.

Veamos, Ana Patricia Botín no sólo hizo que Banesto comprar un 17% del capital, sino que, además, financió la operación y buscó a otras tres entidades, entre ellas Caja Madrid, para que actuaran de prestamistas. Por último buscó fondos de inversión que contribuyeron a un apalancamiento tan fuerte. Por decirlo así, la sobrina de Jaime Castellanos se comprometió, o comprometió a su banco, por partida triple, que no doble, siguiendo la planilla ideada por los hermanos José Garay, ex del Chase, y Juan Carlos Garay casi ex del Deutsche-, dos especialistas en ingeniería financiera, concepto ciertamente sinuoso. Ahora, la operación se ha declarado un desastre.

Como las cosas no van tan bien como parece, los fondos se han empezado a impacientar. En el consejero del jueves tienen toda la intención de armar bronca, y exigir unas plusvalías que ahora no tiene asegurada. No sólo eso, sino que a Banesto también pueden sacarle los colores las entidades afines, por no hablar del monumental enfado que tiene Emilio Botín, quien ha visto cómo su hija Ana Patricia, presunta heredera del Imperio, ha cometido el pecado que nunca debe cometer una familia de financieros: entrar en el capital de un medio de comunicación. Y encima Expansión se mete conmigo, cuentan que cuenta el banquero.

Los apalancamientos sólo se salvan cuando la empresa posee una gran capacidad de generación de recursos, pero no es el caso, en especial desde la compra a Financial Times. Así, la empresa ha entrado en un proceso de decaimiento que no presagia nada nueno. Se está exportando talento, con continuas reducciones, gota agota o vía ERE, de plantilla, que presagian lo peor. Por otra parte, el hecho de que Castellanos presida el banco Lazard, presente en muchas de las operaciones que cuenta su periódico, provoca una merma de prestigio y un profundo cabreo en la redacción de Expansión.

Un detalle. Castellanos ha prescindido de su agencia de publicidad habitual, dirigido pro el prestigioso Frutos Moreno, y le ha dado el negocio a Revolution, una agencia liderada por amigos personales. La primera campaña de esta agencia ha sido la del vigésimo aniversario de Expansión, donde, al decir, de una revista publicitaria, parecen unas pequeñas manos que parecen abrirle las puertas al nuevo competidor, es decir El Economista. Por ahora, nadie lo han entendido, pero estamos en ello.

Lo más importante es que todas estas desgracias han llevado a Castellanos a la única convicción de que es preciso vender el grupo. Lo intentó primero con Vocento, que no picó. Luego con la editora de El Mundo, dirigido por su amigo Pedro J. Ramírez, lo que le permitiría quedarse como ejecutivo y salir de apuros financieros. Lo que pasa es que los italianos de Rizzoli lo tienen muy claro : quizás se hagan con Recoletos, pero cuando el precio se desplome. Y puede desplomarse en cualquier momento.