miércoles, 17 enero 2018 Número de edición: 5347
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‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XXVIII). El esplendor de la verdad

‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XXVIII). El esplendor de la verdad
  • El 15 de octubre de 1993, Juan Pablo II publicó la obra cumbre de su pontificado, ‘Veritatis Splendor’.
  • Al final del segundo milenio, la Iglesia se ha convertido una vez más en una iglesia de mártires.
  • Wojtyla se pregunta qué es lo que está ocurriendo para que el hombre se muestre incapaz de aceptar que la verdad existe.
  • La Iglesia se gobierna con la cabeza, no con los pies.

Prepararás al mundo para mi última venida. Diario de Faustina Kowalska, punto 431. “He conocido y he experimentado que las almas que viven en el amor se distinguen por una gran perspicacia en el conocimiento de las cosas divinas, tanto en su propia alma como en las almas de las demás. También las almas simples sin instrucción, se distinguen por su sabiduría”.

El 15 de octubre de 1993, Juan Pablo II publicó la obra cumbre de su pontificado, uno de los documentos de mayor calado intelectual de todo el siglo XX. Hablo de su décima encíclica, Veritatis Splendor. La producción filosófica del Papa polaco es inmensa pero apuesto doble contra sencillo a que la historia recogerá este documento como el más preclaro y el de mayor influencia teológica y filosófica.

Sí, es una encíclica contra el relativismo, el mal de nuestro tiempo, la cuestión más tratada por su sucesor, Benedicto XVI, en toda su pedagogía papal.

Empezando por el final, el mensaje de la Veritatis, que agrupa a todos los demás, podría resumirse así: a “la verdad os hará libres”, cuya autoría corresponde al Dios-hombre, del Evangelio, Karol Wojtyla añade: Y sin esa verdad, sin las virtudes morales que conlleva la aceptación de la misma no puede haber libertad.

Ahora bien, la actitud del hombre no puede quedarse en la búsqueda -y el hallazgo ulterior, pues quien busca encuentra- de la verdad sino en la asunción de la misma.

Y esa búsqueda nos lleva de cabeza a otro concepto inseparable y al que el Papa polaco tenía mucha querencia: libremente se acepta la verdad pero luego la libertad depende de ser coherente con la verdad. “El martirio del siglo XX de la coherencia” llegaría a gritar Juan Pablo II. Y poco después: “Al final del segundo milenio, la Iglesia se ha convertido una vez más en una iglesia de mártires”.

Otro apunte: la verdad permanece, no sufre el desgaste del tiempo, al revés que ocurre con la mentira que no es sino moda, siempre pasajera, siempre transitoria, siempre devorándose a sí misma. Por eso, la Iglesia permanece mientras la herejía pasa, y cuando la Iglesia responde a la herejía muchas veces está respondiendo a la nada, porque la herejía se ha disuelto sola, envuelta en su propia contradicción.

Con la verdad -viene a decir Veritaris Splendor– ocurre lo mismo que con el bien: existe, mientras la mentira no existe. Del mismo modo, el mal no tiene entidad, es la ausencia de bien.

Bajo esta premisa, Wojtyla se pregunta qué es lo que está ocurriendo para que el hombre se muestre incapaz de aceptar que la verdad existe, que puede encontrarla y que sólo se realizará en libertad cuando sea coherente con ella. Muy sencillo: “al final del segundo milenio, la Iglesia se ha convertido una vez más en una iglesia de mártires”.

Y en la raíz de esa marginación, no ya de la verdad, sino de que la verdad sea posible, radica la incapacidad, novedosa en la historia, de una élite que no es capaz de explicar al resto las primigenias virtudes morales. Es una especie de quiebra del pensamiento humano, de la persona como ser racional, es como diría Clive Lewis, la aplicación del hombre. Esta es la nota distintiva, y sólo saldremos del fondo del pozo cuando volvamos a enamorarnos del esplendor que produce la verdad.

Ahora bien, la búsqueda de la verdad sobre la existencia termina siempre en el hallazgo de Dios y es el mismo Dios quien la implementa. Encontrar la verdad depende más del amor de Dios que de la instrucción o los títulos académicos. Hay iletrados y sabios, como recordaba Faustina Kowalska, “porque la sabiduría de los hombres es necedad ante Dios”. La sabiduría, viene  decir, Juan Pablo II, no es un mérito, es un don.

El 11 de noviembre de 1993, con una salud ya bastante quebrantada, Juan Pablo II acude a la sede central de la FAO a pronunciar un discurso ante un grupo de trabajadores. Al entrar en la Sala tropieza, se derrumba. La caída es mala y le provoca una fractura en el hombro. Desde el suelo, aún tiene tiempo para bromear: “Me he caído pero no estoy caducado”, preámbulo de otra frase que pronunciará más adelante cuando sus filantrópicos adversarios, cansados de ser derrotados intelectualmente por este titán, comienzan a pedir un decoroso retiro para el anciano Papa, Lolek responderá: “La Iglesia se gobierna con la cabeza, no con los pies”.

Aún le quedaban batallas por librar. Por ejemplo, contra el nacionalismo panteísta. Finiquitado, no totalmente para bien, la cuestión social, las divisiones entre derecha e izquierda, entre capitalismo y socialismo, por preocupante victoria del primero, cunden los nacionalismos por el mundo.

Wojtyla alude a “las formas radicales de nacionalismo” presentes en Europa y África. Asegura que la humanidad se enfrenta a un “nuevo paganismo: la deificación de la nación”, que yo considero -esto no es de Juan Pablo II– la mejor definición del fascismo. A ello, el Papa opone la “unidad moral de la especie humana”.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com