miércoles, 17 enero 2018 Número de edición: 5347
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‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XXII). Pacífica osadía

  • Solidaridad era la ideología política de Juan Pablo II, un movimiento de resistencia que utilizaba la huelga y buscaba la justicia social, ligándola a una fe profunda.
  • El perspicaz Occidente no entendía nada, pero para el comunismo oriental constituía el mayor de todos los peligros.
  • El histórico cardenal Wyszynski no dio el triple salto mortal sin red que recomendaba Kowalska: abandonarse en las manos de Dios.
  • El Kremlin comenzó a preparar la invasión de Polonia.
  • Wojtyla reaccionó enviando una durísima carta a Brezhnev, recordándole que en la II GM, Polonia perdió seis millones de personas y la Declaración de Helsinki, firmada por la URSS.
  • El 31 de agosto de 1980 se firmó un acuerdo con el Gobierno polaco: había comenzado el derrumbamiento del comunismo.

Prepararas al mundo para mi última venida. Punto 723 del Diario de Faustina Kowalska: “Quien confía en mi misericordia no perecerá porque todos sus asuntos son Míos y sus enemigos se estrellarán a los pies de Mi escabel”.

Agosto de 1980. ¿Qué era Solidaridad? Era la ideología política de Juan Pablo II (en la imagen). Un movimiento de resistencia que utilizaba la huelga, no la violencia para imponer su revolución. Al mismo tiempo, era un movimiento que no buscaba el dominio sino la justicia y que, además, ligaba la justicia social a una fe profunda.

Por eso, el perspicaz Occidente no entendía nada: los obreros que retaban al mayor imperio del mundo, al imperio rojo, eran los mismos que se arrodillaban en pleno recinto fabril, para recibir la absolución de un sacerdote sentado en una silla y provisto de una estola. ¡Qué raros resultaban estos polacos!  Para las democracias occidentales no podía triunfar, pero para el comunismo oriental no constituían un peligro sino el mayor de todos los peligros.

La huelga comenzó en agosto de 1980, apenas un año después del histórico primer viaje de Juan Pablo II a Polonia, ya como Papa. Al parecer, alguien no quería perder el tiempo.

Lech Walesa, el electricista de los astilleros Lenin, se iba a convertir en el político del siglo XX. Y ahí se produjo el cambio que desveló la osadía del ‘pacifista’ Wojtyla, un personaje al que no le sobraban los misiles atómicos: le sobraban todas las armas, incluidos los cuchillos de cocina, pero sabía como hacerles frente con las manos desnudas.

Fue momento clave, en el que los obreros de Solidaridad se convencieron de que lo suyo no era una locura sino un hermoso ideal ocurrido en la Festividad de la Virgen de Czestochowa, 26 de agosto. El primado de Polonia, el histórico cardenal Wyszynski, héroe de la resistencia frente a nazis y comunistas, lanzó un discurso que desanimó a Lech Walesa y los suyos. Hablaba de “prudencia, sabiduría y responsabilidad”, algo así como el “disparad pero sin odio” de los carlistas durante la Guerra Civil española, pero aludía a la necesidad de mantener la soberanía de la nación polaca.

En otras palabras: no te pases, Solidaridad, porque el Ejército soviético podría invadir Polonia. El primado de Polonia había demostrado su fidelidad a la Iglesia y al pueblo polaco y su coraje sin límites frente a las tiranías, pero no había dado el último paso: la guerra pacífica. Wyszynski aplicaba el viejo refrán español “A Dios rogando y con el mazo dando”, pero no había dado el triple salto mortal sin red que recomendaba Faustina Kowalska: abandonarse en las manos de Dios que nunca se sabe cómo hace las cosas pero las hace… y, cuando las realiza, ni tan siquiera los beneficiados se explican cómo lo ha hecho. Sólo había que confiar en Cristo.

Un día, después, el papa Lolek habla desde el Vaticano, en su tradicional alocución de los miércoles, daba un paso más y apoyaba con todo descaro las peticiones de Solidaridad, porque sus reivindicaciones -entre ellas la de crear el primer sindicato independiente de todo el orbe comunista- eran condición esencial para llevar la “paz y la justicia a nuestro país”.

De inmediato, la Conferencia Episcopal Polaca pasó de solicitar prudencia a exigir que el Gobierno cediera, a pesar de que todo el mundo sabía que ello podría provocar un baño de sangre.

El pacifismo de Juan Pablo II recuerda lo que tantas veces habían oído los católicos: los mártires eran muy prudentes cuando preferían ser devorados por las fieras antes que abjurar de Cristo.

Ese mismo día, el Kremlin comenzó a preparar la invasión de Polonia. El consejero de Seguridad de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, advirtió al Vaticano que 12 divisiones soviéticas invadirían Polonia desde el Este y otra desde la Alemania Oriental, en un memorial de 1939, con ataques desde el Este y desde el Oeste. Entre los planes del Kremlin, aseguraban los norteamericanos, se encontraba el fusilamiento de todos los cabecillas de Solidaridad.

La reacción de Wojtyla fue típica de su pacifismo guerrero: envió una carta a Leonidas Brezhnev, en la que recordaba que en la II Guerra Mundial Polonia perdió seis millones de personas y que la Declaración de Helsinki, firmada por la URSS, reclamaba el derecho de soberanía y la no intervención en los asuntos internos de otro Estado. Durísima carta enviada por un jefe de Estado a otro, en la convicción del remitente de que Solidaridad no actuaba contra algo, sin por algo.

A partir de 1980 y del inequívoco apoyo del Papa, Solidaridad ya no echó el freno. El mismo 31 de agosto de 1980 se firmaba un acuerdo con el Gobierno polaco: había comenzado el derrumbamiento del comunismo. El peligro soviético no había hecho más que empezar, pero la doctrina que lo sostenía hacía aguas: no en Varsovia, sino en el mismísimo Moscú y en la mitad de la humanidad sometida al comunismo.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com