lunes, 22 enero 2018 Número de edición: 5350
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‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XVI). El adulterio matrimonial

‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XVI). El adulterio matrimonial
  • Juan Pablo II, ya como Papa, dedicó más de 100 discursos al sexo.
  • La cosmovisión del sexo por parte de Juan Pablo II es una realización de la afirmación bíblica “una sola carne”.
  • La pareja no es un juego de suma cero, donde lo que uno gana el otro lo pierde.
  • La utilización mutua no es cristiana ni tan siquiera en el tálamo conyugal.
  • La humanidad anda corta de alegría porque anda larga de rupturas matrimoniales.

Prepararás al mundo para mi última venida”. Punto 1.575 del Diario de Santa Faustina: “Tu amistad  es más tierna, y más sutil que el aroma de la rosa; sin embargo, más fuerte que la muerte. ¡Oh Jesús!, belleza inconcebible, te entiendes perfectamente con las almas puras, porque sólo ellas son capaces de heroísmo y sacrificio”.

Se calcula que Juan Pablo II, ya como Papa, dedicó más de 100 discursos al sexo, simplificación periodística que alguien, con más galones intelectuales que yo, denominó la “teología del cuerpo”. Junto a su teología social, sería lo más vistoso de su largo pontificado aunque, a título personal, entiendo que donde más alto picó el Papa polaco fue en Fe y Razón y Veritatis Splendor, algo así como el Quijote de Cervantes o el Hombre Eterno de Chesterton.

Pureza y fortaleza son dos virtudes gemelas, como lo son amor y reciedumbre. Sin esta ante-premisa no hay manera de entender el sentido del evangelio ni el sentido de la existencia.

Porque es muy duro darse a otro ser, no darle algo sino darse a sí mismo, en nuestra totalidad manifiesta. Ahora bien, la realización de hombre y mujer depende de eso mismo: es más que un compromiso, es una donación de todo su ser para convertirse en una sola carne. Y eso, porque hombre y mujer no pueden ser un sólo espíritu (los espíritus no son como los bancos, no se fusionan).

Por tanto, la cosmovisión del sexo por parte de Juan Pablo II es una realización de la afirmación bíblica “una sola carne”. En plena ebullición feminista, el Papa vino a recordar que varón y hembra son seres complementarios, no antagónicos y que la guerra de sexos es una de las mayores necedades inventada por la modernidad. La pareja no es un juego de suma cero, donde lo que uno gana el otro lo pierde, son dos sumandos que sólo unidos cierran el círculo, a imagen de ese híbrido de cuerpo y alma que es la persona. Así, hombre y mujer comprometidos se convierten en fortaleza inexpugnable, fortaleza llamada a crear, no a destruir. Más suyo que nunca porque ya no se pertenecen: son del otro.

Juan Pablo II lleva su análisis al límite, o mejor, al principio, al hablar de “adulterio del corazón”. Para el Papa, el deseo es lo opuesto a la verdadera atracción. En el deseo se busca la satisfacción del yo con el uso del otro y la afirmación no cambia un ápice si se trata de una utilización mutua. También la prostituta y su cliente se utilizan mutuamente, el uno para su satisfacción personal, la otra para obtener una ganancia (Sí, el ejemplo es mío, no de Juan Pablo II).

Y esto sirve, ¡qué horror!, también para el matrimonio. La utilización mutua no es cristiana ni tan siquiera en el tálamo conyugal. Dejarse llevar por el deseo destruye la “comunión entre dos seres”, destruye en suma, la entrega.

Lo de adulterio matrimonial provocó mucho cachondeo en los medios informativos pero lo cierto es que Juan Pablo II sólo estaba explicando el viejísimo noveno mandamiento, como hacía con todo: en positivo. Sí, no es pecado desear sexualmente a la propia esposa pero quedarse en el no-pecado no deja de ser una visión pusilánime del amor: es conformarse con el aprobado en lugar de aspirar al sobresaliente. Muchas esposas se sienten sexualmente utilizadas por sus propios esposos. Saben que no están pecando -en materia de pureza no existe parvedad de materia- pero algo les dice que no las están amando, sólo utilizando. El pontífice no hizo más que dar ropaje intelectual a ese sentimiento.

Pero hay más. Con su filosofía del sexo se llegaba a la teodicea de la pareja. ¿Por qué la Iglesia condena el divorcio? Porque cuando uno se entrega a otra entra en un proceso de incremento o decremento. En castizo: el amor crece o mengua, nunca se estabiliza. Y si se estanca, perece. ¿Cómo voy a entregar el corazón a una segunda -o segundo- si mi cuerpo ya no me pertenece? ¿Heroico? Ciertamente, pero también imprescindible para la realización personal. Es la misma paradoja de la vida misma: el que quiera ganar su vida la perderá…

Con esa sola condición, la entrega de uno mismo, Juan Pablo II se convertía en un entusiasta del sexo, al que llega a calificar de hecho religioso.

¿Qué es lo que estaba pasando en el mundo de los años ochenta del pasado siglo, cuando Wojtyla plantea su teología del sexo -y ahora un poco más-: pues que estaríamos viviendo el viejo adagio latinoen España no parece lejano el día en que el número de divorcios se aproxime al de matrimonios, se decía hace 5 años. Es el mayor desastre social, en matemática aplicación del viejo adagio latino: la corrupción de lo mejor -la pareja comprometida- es lo peor -hombres y mujeres desamorados tras un fracaso matrimonial-. La humanidad anda corta de alegría porque anda larga de rupturas matrimoniales. ¿Y cuál es la causa última del naufragio familiar? Que sólo las almas puras son capaces de heroísmo y sacrificio. Timoratos, abstenerse.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com