martes, 16 enero 2018 Número de edición: 5346
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‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XII): “No tengáis miedo”

‘Año de la Misericordia’. Kowalska-Wojtyla (XII): “No tengáis miedo”
  • En octubre de 1978 Wojtyla se convierte en el primer Papa no italiano desde hacía cinco siglos.
  • El comunismo era mucho más sutil que el nazismo en Polonia.
  • A Dios no se le defiende a mamporros, sino con palabras y hechos.
  • El enemigo interno tiende a juzgar a la jerarquía. 
  • La receta juanpaulina para sus dos enemigos, los de dentro y los de fuera, era el “No tengáis miedo
  • Juan Pablo II fue también el que preparó el mundo para la segunda venida de Cristo. 

Prepararás al mundo para mi segunda venida”. “Hija mía, no tengas miedo de nada. Yo estaré siempre contigo; cualquier adversario te puede hacer daño solamente si yo se lo permito”.

Y así llegamos a Juan Pablo II. En octubre de 1978 Wojtyla se convierte en el primer Papa no italiano desde hacía cinco siglos. Su primer, y afamado, grito desde el Balcón de San Pedro, es sencillo: “No tengáis miedo”. Y la humanidad entera descubre -para depresión o reacción de cada cual-, que en verdad sentía un miedo horrible, pavoroso, un miedo al miedo, terror irracional a la vida.

Era su mensaje programático para un largo papado de 27 años, pero esa idea-fuerza de su pontificado había nacido mucho antes, en Cracovia.

El comunismo era mucho más sutil que el nazismo en Polonia y marcó el paso de la modernidad a la posmodernidad. El nazismo, por ejemplo, asesinaba a los sacerdotes en los campos de exterminio, el leninismo prefería imponer impuestos abusivos a los sacerdotes para que se rindieran y abandonaran los hábitos. Hombre, sí era necesario también se les propinaba una paliza o se les detenía como enemigos del Estado.

En cierta ocasión, un párroco de Cracovia fue a ver al obispo Wojtyla para decirle que no tenía dinero para pagar la tasa, impago castigado con pena de cárcel. El consejo del obispo fue que ingresara en prisión. Así ocurrió. Horas después, Wojtyla se plantó en la parroquia del enclaustrado a la fuerza y advirtió a la feligresía que, a partir de ese momento y hasta la vuelta del titular, él sería el nuevo párroco.

Se puso manos a la obra de inmediato. Y, por supuesto, se negó a pagar. El Régimen se vio en la tesitura de encarcelar al prestigioso obispo de la Ciudad por delito fiscal o liberar al párroco encarcelado. Optó por la segunda opción y don Karol regresó al palacio episcopal. El mensaje había quedado claro: a Dios no se le defiende a mamporros, sino con palabras y hechos. La valentía no consiste en golpear sino en la coherencia entre convicciones, dichos y hechos, aunque ello te acarree la prisión o la muerte. No golpear al malvado: hacerle frente sin miedo a las consecuencias, con pleno abandono en las manos de Dios.

La confianza en Cristo de Juan Pablo II le hizo pasar por el calvario sandinista de Managua, enfrentarse a todo tipo de credos, ideologías y poderes, a enemigos de dentro y de fuera. Explico esta división de adversarios de la Iglesia. Los enemigos internos pueden resultar incluso más peligrosos que los externos, porque las mayores aberraciones siempre se comenten al lado del altar. Los de dentro siempre pretenden lo mismo: tomar el poder en el seno de la Iglesia, usurpar el papel del representante de Cristo que, en su modesta opinión, no desarrolla su labor a plena satisfacción, especialmente de sus críticos. El enemigo interior siempre pretende lo mismo: que le nombren Papa. Su emblema es el rictus serio mientras que Juan Pablo II lucía una sonrisa amplia y pícara… como todos los santos.

El enemigo interno tiende a juzgar a la jerarquía, especialmente al Papa ver a la Iglesia como un esquema de poder. Por ejemplo anda rondando por Internet -donde siempre anida todo lo mejor y todo lo peor- un documento de origen aproximadamente desconocido, que trata de denostar la beatificación de Juan Pablo II con muy documentados argumentos. Sus autores se han preocupado en recoger hechos ciertos del pontificado para tejer una grandiosa, enorme, mentira, una imagen de Juan Pablo II como un sacerdote progre, pro-Vaticano II (lo cual, al parecer, es grave) y post-conciliar (aún más grave).

Toda la cascada de datos que emiten contra el Papa que llevó a la Iglesia al siglo XXI tratan de demostrar que Juan Pablo II -precisamente el hombre que embridó el caballo eclesial, que se encontró desbocado- se jalaba con todos: judíos, musulmanes y demás gentes de mal vivir. Todas sus críticas tienen la misma raíz: Juan Pablo II no ejerció su ministerio con la debida energía: no cortó de raíz las desviaciones, herejías, atentados contra la liturgia.

En resumen, tienen una visión del Papa muy similar a la de un presidente del Gobierno, y poco democrático, dicho sea de paso. Cuándo se enterarán estas nobles almas de que los papas tienen muy poco poder -afortunadamente- y que su labor es evangelizar, no gobernar. Es decir, que gobiernan por influencia.

Aseguran que Juan Pablo II no puso freno a desafueros clericales: ¿Acaso podía? Cuando un cura dice, o hace, bestialidades el Papa puede regañarle, suspenderle como cura, enseñarle la doctrina pero no puede meterle en prisión porque la Iglesia no tiene penitenciarías. Puede convencerle, no condenarle. Las penas canónicas son eso, canónicas, no penales. El cristiano no mata para vencer, en tal caso muere. El católico nunca es verdugo, si acaso, mártir, que es su forma de ganar batallas. Ya saben, estilo Gran Torino. Con los laicos, el efecto se multiplica: pueden pasar del Papa todo lo que quieran.

El Pontífice es un pastor que protege a las ovejas pero no las protege a tiros ni con decretos de obligado cumplimiento, sino enseñando, predicando. Los enemigos de dentro no comprenden, o no quieren comprender, que el Papa carece de divisiones motorizadas, sólo tiene la oración, la palabra, las armas empleadas por el mismísimo Cristo.

Los enemigos de dentro tampoco comprenden que ningún presidente norteamericano, al mando del ejército más poderoso del mundo, jamás consiguieron acabar con el comunismo, la tiranía atea más duradera del mundo moderno. Pero fue Juan Pablo II quien la derrotó.

Y no lo duden, en 1978 ese enemigo interno tenía miedo: deseaba un Papa que arrasara, un Papa batallador. Batallador sí que fue, como ningún otro, pero con las armas de la palabra, de la razón y, sobre todo, de la gracia de Dios. El enemigo interno sencillamente no confía en el Espíritu Santo, por eso tiene miedo y quiere un papado brusco.

Tengo para mí que alguno de estos opositores internos -a los que los periodistas, con nuestra habitual simplicidad, calificamos de “conservadores”, aunque más bien habría que decir vaticanólogos, los que se consideran los guardianes de la ortodoxia- se llevaran algún día un susto tremendo cuando contemplen lo errados que andan.

Recuerden aquel sucedido, en una reunión reciente entre canónigos de la diócesis de Madrid. Todos los presentes se pusieron a despellejar al arzobispo de Madrid con argumentos contundentes que demostraban que, si ellos ocuparan el sillón episcopal, ¡se iban a enterar algunos! Fue entonces cuando uno de los presentes, otro gran cachondo, les propuso: “Oye, y dado que nos hemos puesto a pecar, ¿por qué no hablamos de mujeres, que es más divertido?”

Luego está el enemigo externo, el mundo, los progresistas. El enemigo de fuera que no pretende conquistar la Iglesia sino destruirla. Su marca no es el ceño fruncido sino, por el contrario, el sarcasmo, la sonrisa congelada y fatua. Pero tienen aún más miedo que los anteriores. Odiaban a Juan Pablo II porque, como define la escritura “sólo verlo da grima”. Sus palabras les recordaban la inconsistencia de sus posturas, les hacía parecer como malvados o, mucho peor, ridículos… sólo porque lo eran.

La reacción del enemigo externo, cristianos desertores, en su mayoría, herederos de esas ideas modernas “que se han vuelto locas”, como definía Chesterton a la modernidad, no podían soportar que el Papa polaco echara por tierra su macedonia mental, todo su plan de vida, y, en pocas palabras, todos sus pecados.

Juan Pablo II ha sido uno de los papas más odiados dentro de la Iglesia y fuera de ella, por conservadores y progresistas, por todos los que sentían su buen humor como un verdadero insulto. Dominados los enemigos de dentro por sus prejuicios, no exentos de soberbia, y los de fuera por sus juicios temerarios y su rabia al sentirse denunciados por el ideal de vida cristiana, no podían responder sino con rabia. Para los primeros, Wojtyla era un débil, para los segundos, un tirano.

Sin embargo, mira por dónde fue un Papa querido y admirado por la gente sencilla, que son los que no buscan el poder sino la felicidad.

La receta juanpaulina para sus dos enemigos, los de dentro y los de fuera, era el “No tengáis miedo”, con el que inició su magisterio. Era una forma de pedirles que confiaran en Cristo como él mismo confiaba. Y la teología de la confianza en Dios venía de su compatriota Kowalska.

Juan Pablo II no sólo fue el Papa que llevó a la Iglesia al siglo XXI y el que terminó con el comunismo, fue también el que preparó el mundo para la segunda venida de Cristo que no tengo ni la menor idea de cuándo se producirá pero me temo -o anhelo- que será más pronto que tarde.

Eulogio López

eulogio@hispanidad.com